Cristianos por Cristo

Somos cristianos porque tenemos a Cristo como centro de nuestras vidas. Al menos, eso debería ser así, aunque la práctica parezca demostrar lo contrario. En cualquier caso, esta verdad es incuestionable: no es la bondad indiscriminada ni la consideración sin mesura por los demás la que nos hace cristianos, sino tener a Cristo como principio y fin de nuestras vidas.

Hoy se ha vuelto a abrir la iglesia del Hospital de Jesús Nazareno con un horario fijo muy concreto. Así, los devotos de esta antiquísima advocación podrán disfrutar de unos largos instantes ante Jesús en su vía dolorosa, cargando con el peso de la cruz al igual que nosotros cargamos con el peso de nuestras circunstancias. Al ver al Nazareno se comprende por qué Cristo es centro de todo: mirada baja, tal vez ausente, pero serena, acompañando a un rostro que se inclina al suelo y se refleja en las hechuras de la cruz. Es la actitud de Dios hecho hombre, quien «se despojó de su rango hasta someterse a una muerte de cruz», como dijo el apóstol Pablo. Y su madre, detrás de él, con la mirada pendiente del cielo, en oración dolorosa, clamando al Padre por misericordia del Hijo.

Esa debe ser la actitud del cristiano, sobre todo cuando la vida en sus vaivenes nos golpea y nos lanza al desaforado escenario de la cruenta realidad. Ser cristiano es someterse a la voluntad del Padre, con esa confianza plena (fe) de que se cumplirá lo prometido (esperanza) por amor hacia los hombres (caridad). Y Dios responde, como siempre, a esas oraciones constantes en virtud de su fidelidad, sanando los dolores temporales y convirtiéndolos en enseñanzas de eternidad.

Una vez aceptado esto, viene lo del amor al prójimo y las obras de misericordia. Y no porque estén en un segundo plano, sino porque emanan de él. Es decir, en Cristo, el Hijo hecho carne, hallamos razón para ayudar al prójimo y amarlo como a uno mismo. Si quitáramos a Cristo de la ecuación, como algunos buenistas hacen en sus ideologías, la virtud del amor perdería su razón de ser. Solo en un amor mayor al nuestro puede existir el fundamento del amor que ahora tenemos, del mismo modo que la justicia que aquí impartimos solo puede tener su fundamento en una justicia superior a nosotros.

Fe y obras, por tanto, siempre han de estar unidas. Y la prueba la encontramos en el mismo Hospital de Jesús Nazareno, donde no solo se transmite la fe, sino que también se trabaja en amor de los necesitados. Unos necesitados que olvidan su necesidad ante Jesús Nazareno, que los acoge, les restablece su dignidad y los eleva como hijos del Padre. He ahí el fundamento cristiano y nuestra obligación. Todo lo que se aparte de esto cae más bien en modernismos y prácticas new age.