El calendario comienza a despojarse de sus últimas resistencias. Ya no se cuentan los días por números, sino por el rastro de incienso que se escapa por las rendijas de las naves laterales y por ese azul de marzo que, de pronto, parece haber sido lavado con agua bendita. El invierno, derrotado, recoge sus bártulos de frío para dejar paso a la estación de los sentidos, esa que en la tierra se escribe con letras de oro y madera de cedro.
Siento en el pecho ese crujido sordo, similar al de una trabajadera que se acomoda al hombro, una mezcla de ansiedad y paz que solo entiende quien ha hecho de la espera una forma de fe. Las ganas no son ya un deseo, son una sed antigua que solo se calma con el primer golpe de llamador. Es el hambre de ver cómo el sol de la tarde juega a las escondidas dibujando siluetas de otros tiempos o cómo la brisa, cómplice y devota, mece el encaje de un palio que avanza como un barco de luz en la noche cerrada.
Estamos a punto de cruzar ese umbral invisible donde el tiempo se detiene y la memoria se hace carne. Pronto, las calles dejarán de ser asfalto para convertirse en el escenario de un drama eterno, donde cada rincón guarda el eco de una saeta y cada revirá es un suspiro contenido. Es la hora de los silencios que atruenan y de las cornetas que, con su llanto de metal, nos cuentan historias que las palabras no alcanzan a explicar.
En Linares, donde el ruan negro es sombra y el Señor es el faro que guía nuestras naves, el inicio de la Semana Santa es el regreso al hogar del alma. Es el reencuentro con los que ya no están, presentes en el brillo de una cera que se derrama, y con nosotros mismos, los que fuimos niños de caperuz ladeado y hoy somos guardianes de una herencia inabarcable.
Que se abran ya las puertas, que el aire se preñe de azahar e incienso, y que el corazón encuentre por fin su sitio tras el paso. Porque la Semana Santa no es algo que sucede en la calle; es algo que nos sucede por dentro, una primavera del espíritu que nos recuerda que, tras cada calvario, siempre nos aguarda la luz.





