Cruz de guía | Aquella última vez que te vi

Fue repentinamente. En el mismísimo instante que supone un tañido en la pantalla del móvil, apareció Ella. Un suspiro y aquella tez morena que describe la siempre sencilla estampa de la Reina de Cantarranas, cuyo legado inspiró a las futuras generaciones de la hermandad del barrio.

Hablo del inconfundible rostro atezado de la Niña que confeccionaron las manos del ilustre entre ilustres, imaginero Luis Álvarez Duarte. Su singular gubia dio forma a la que una vez reinó en el barrio de San José de Linares hasta aquel fatídico mes de mayo del año 2006 en el que partió hacia su nuevo destino.

La antigua imagen de la Virgen de la Alegría de Linares actual titular de la Hermandad del Huerto de Álora bajo la advocación de Nuestra Señora de la Paz, inflige hoy día, una mezcolanza de tristeza y júbilo entre el mundo cofrade linarense en general y los hermanos de la Cofradía de la Borriquilla en particular. El perder una imagen devocional de tal carisma supuso para la ciudad y para el barrio un duro capítulo en la historia de la Semana Santa, pues tras un largo recorrido judicial la talla dejó de pertenecer a la Hermandad, o más bien nunca perteneció, pues el magistrado dio la razón al dueño y ex vestidor de la Cofradía cuya voluntad fue la de arrancar del corazón de los devotos ese pedacito de alma que solo puede ocupar la Madre de Dios.

Una herida que dejó afligido al que siempre fue barrio de mi abuela y actual Hermandad de quien les escribe. Solo queda el recuerdo y el aprendizaje en el que la mezcolanza de sentimientos encontrados ante la remembranza de un hecho que marcó a toda una generación continúa infligiendo la melancolía del quien no termina de olvidar. Aquel hecho casi enterrado selló a fuego el futuro de una Cofradía que se asoma a los 100 años de edad.

Aquella última vez que te vi, Madre, sería el inicio de una historia que después tornaría en forma de Alegría al realizar mi primera Estación de Penitencia con esa rejuvenecida tez de una nueva Imagen, pero con la misma advocación de aquella imagen señorial que un día gobernó el corazón de los linarenses desde el más profundo barrio humilde de Cantarranas.