Caminando por el Compás de la Victoria, atravesando la malagueña Plaza de Alfonso XII, allí donde una vez sus Católicas Majestades refrendaron su compromiso para con la Reconquista de la ciudad, por la calle San Patricio arribamos a la calle del Cristo de la Epidemia. Una advocación obnubilada por un halo de misterio de la que solo queda el nombre como testigo de una historia instaurada en continuas elucubraciones e hipótesis.

Amparada en una antigua leyenda que relataba el desembarco de una barcaza militar francesa cuya tripulación, enferma de fiebre amarilla, había propagado la enfermedad desde el malagueño barrio del Perchel, el posteriormente denominado como Cristo de la Epidemia entraría en escena un 26 de noviembre tras la muerte de una monja contagiada del convento de la Paz, poseedora de la talla de un Crucificado entre sus pertenencias, las cuales estaban siendo conducidas al crematorio para ser eliminadas. Dícese, que al llegar a la altura de «la fuente de los Tejeros», la mula que trasportaba el carro se paró a beber en una fuente, aprovechando el hombre que dirigía el carruaje el momento para depositar la imagen sobre la misma. Al día siguiente, los malagueños interpretaron lo sucedido de milagroso y comenzaron a venerar aquella efigie que a la postre acabaría con la epidemia de fiebre amarilla según relatan las tradiciones heredadas. Desde entonces la imagen descansaría en multitud de sedes entre las que se encontraban el convento de los Mínimos, la Iglesia de San Lázaro y el Santuario de la Victoria.
No obstante, el éxodo de la imagen no fue objetivo explícito de la Confraternidad dedicada a su culto, pues determinadas tradiciones sustentan la existencia de una capilla dedicada al Crucificado de la Epidemia «en lo alto de la calle de su nombre , ocupando el solar de la fuente del cruce de Fuente Olletas», cuya ubicación sería posteriormente urbanizada por el estado ruinoso en el que se encontraba el inmueble.
En investigaciones realizadas por el historiador malagueño José Jiménez Guerrero, la capilla comenzaría su construcción en los años 1803 y 1804 en la zona denominada de los «Texares». Según Jiménez Guerrero, «la capilla fue sacada de cimientos y se adquirieron diversos materiales tanto para su portada como para su interior». Pero la caída del fervor popular y el fallecimiento de varias personas en su construcción provocarían la paralización de la obra en el año 1805 y el génesis de problemas judiciales que enfrentarían a los maestros canteros Francisco Ximénez y Manuel González y a la Corporación del Cristo de la Epidemia ante la pesquisa de poder cobrar el importe de los trabajos ejecutados.
Las vicisitudes se saldaron con la venta de los materiales empleados en la construcción de la capilla de la que se dieron cuenta un total de cuatro mil reales por el traspaso de una portada de cinco y media varas de alto, compuesta por pilastras, dos salmeres, dos dovelas y la llave; un zócalo de ocho varas; y gradas de siete varas, según relata Jiménez Guerrero.
Sin embargo, tras la extinción, la Cofradía renacería como hermandad de entierro años más tarde para instaurarse en la Iglesia de San Lázaro, y posteriormente en el Santuario de la Victoria en el cual obtendría su mayor auge, refrendado en la adquisición de una dolorosa en 1881 de talla completa.
Finalmente, la imagen se perdería en los sucesos de mayo de 1931 dando lugar a la posterior desaparición de la confraternidad. Actualmente, solo resta de aquella advocación la calle homónima con la que comienza este artículo.
Fuente bibliográfica
Jiménez, J. (2021) ‘Nuevos datos sobre un Cristo desconocido’, Memoria Cofrade .





