Cruz de guía | El amargo beso de la realidad del día a día de las hermandades

Hoy en día, la parte más tediosa y difícil de conciliar del mundo de las cofradías atañe directamente al esqueleto y alma de las mismas. La labor callada detrás del trabajo y lo poco atractivo que realmente resulta. Parece que en la era del clic y el oropel, nos hemos olvidado de que la Virgen no amanece vestida de reina por arte de magia, ni los altares de cultos se elevan hacia el cielo por intervención divina. Nos enfrentamos a una crisis de manos, que no de fotos. Hoy, el joven cofrade prefiere la medalla en el pecho y el traje de chaqueta en el palco a la gamuza en el almacén y el polvillo de la cera que se pega a las yemas de los dedos. Hemos caído en la trampa de lo efímero, donde lo que no se publica no existe, y la priostía, por definición, es ese ejercicio de anonimato donde la recompensa no es un «like», sino el silencio de una nave vacía a las tres de la mañana cuando el trabajo está hecho.

Esta desafección no es solo falta de tiempo; es una falta de mística. Se ha perdido el sentido del sacrificio compartido, ese que antaño forjaba las verdaderas amistades entre el sudor de mover un paso y el olor a metal pulido. Ahora, las hermandades corren el riesgo de convertirse en empresas de eventos que subcontratan su propia esencia, mientras los cuartos de priostía, esos sagrarios de convivencia, se quedan mudos. Si seguimos despreciando el valor de la escalera y el martillo, terminaremos teniendo cofradías de cristal: brillantes por fuera, pero huecas por dentro, sostenidas por una fe de escaparate que se desmorona en cuanto se le exige mancharse los puños de la camisa.

Y es que a las hermandades se viene a trabajar, pero ese verbo parece haber quedado proscrito en un diccionario cofrade que solo conjuga el «parecer» y el «exhibir». Se nos llena la boca hablando de patrimonio y de historia, pero olvidamos que la primera caridad de un hermano es con su propia casa, prestando el hombro cuando el peso no es el de la trabajadera, sino el de la viga que sostiene un dosel o el de la caja de cera que hay que descargar un martes cualquiera de noviembre. Trabajar en una cofradía es una forma de oración física, un diálogo mudo entre el hombre y el enser que requiere una humildad que no cabe en un vídeo de quince segundos.

El problema radica en que hemos mercantilizado el sentimiento: queremos el resultado, el palio bajo el sol y el aroma del incienso, pero nos incomoda el proceso de las manos negras de hollín y el cansancio que no entiende de conciliación familiar ni de descansos. Si la priostía se vacía, si el compromiso se diluye en una cuota que se paga para comprar el derecho al postureo, estaremos matando el esqueleto que mantiene en pie nuestra identidad. Al final del día, una hermandad no solo la definen sus bordados ni la calidad de su orfebrería, sino también las horas de vigilia de aquellos que, sin esperar la venia de nadie, entienden que servir a Dios se traduce también en la labor de cada día.