La noticia de la concesión de la Coronación Canónica Pontificia a la Virgen del Alcázar de Baeza por parte del Papa León XIV no es solo un motivo de júbilo para los baezanos, sino un hito que reabre un debate histórico en el Santo Reino: el complejo camino hacia la corona y la curiosa «sequía» de coronaciones en lo que a dolorosas se refiere dentro de la provincia de Jaén.
Conseguir que el Vaticano, a través del Dicasterio para el Culto Divino, firme un decreto de este calibre no es una tarea de meses, sino de generaciones. El expediente de una coronación canónica es un laberinto burocrático y espiritual donde no basta con tener «muchos siglos» o «muchos devotos». Se exige un trípode inamovible: historia documentada, una devoción que trascienda lo local y, sobre todo, una obra social potente y tangible. En el caso de la Patrona de Baeza, el impulso definitivo ha llegado de la mano de la nueva sede de Cáritas Interparroquial, demostrando que en la Iglesia del siglo XXI (y más bajo el nuevo pontificado de León XIV), la corona de oro carece de sentido si no se apoya en una «corona de caridad».
Resulta paradójico que en una provincia con una riqueza pasionista tan abrumadora como Jaén, la lista de imágenes coronadas canónicamente esté compuesta casi exclusivamente por Patronas y advocaciones gloriosas: la Virgen de la Cabeza de Andújar, la Capilla de Jaén, la Fuensanta de Alcaudete, la Victoria de Martos o las Mercedes de Alcalá la Real, entre otras.
El análisis de esta «sequía» de coronaciones en las dolorosas jiennenses nos obliga a mirar más allá de los decretos y detenernos en la fibra misma de nuestra fe, que es, por encima de todo, eminentemente cristífera. Mientras que en otros rincones de Andalucía la Virgen es la reina absoluta del barrio, en Jaén la devoción se vuelve cristocéntrica. La identidad de nuestras ciudades está tallada en la mirada de imágenes como «El Abuelo», cuyas zancadas resumen la historia de toda una provincia. El Nazareno de Linares que embriaga la Madrugá minera con el canto de las saetas o su homónimo en Úbeda, completan una lista de devociones que superan con creces el cariño a la Dolorosas. Las coronaciones quedan así reservadas para las Patronas, esas advocaciones gloriosas que, como la Virgen del Alcázar en Baeza, logran unir lo que las cofradías de pasión a veces fragmentan: la identidad total de un pueblo.
Sin embargo, coronar a una imagen dolorosa de la Virgen se antoja un reto difícil de lograr en medio de la vorágine cristífera que domina el ecosistema cofradiero jiennense. Es un desafío que exige no solo caridad y papeles, sino la capacidad de convencer a una tierra que lleva siglos encontrando a Dios antes en la herida del costado que en la corona de una Reina de palio.





