La verdad es que la frasecita da para alimentar el victimismo de una parte de la sociedad jiennense. «En Jaén no hay nada», oración tan falsa como verdadero es el inmovilismo de una provincia que tiende a la autodestrucción en todos los aspectos incluido el cofrade.
Por supuesto que en la provincia de Jaén hay muchas cosas, lo que no hay son ganas de trabajar y para muestra la procesión magna con motivo del Jubileo y su escasa promoción eclipsada siempre por el buen hacer de la capital cordobesa que «compiten» como los acontecimientos más destacados del próximo curso cofrade. El aceite y el agua, el ejemplo claro de que la Iglesia y la sociedad jiennense es incapaz de generar un acontecimiento a la altura de sus cofradías.
El proyecto encauzado por el Obispado muestra sus costuras más endebles sin capacidad para divulgar o difundir más allá de los acompañamientos musicales de una procesión con un diseño realmente extraño, pues comprende una mezcolanza de misterios dolorosos, con patronas y patrones y Cristos Resucitados, como reclama el Santo Rosario, que simboliza la clara falta de ideas sobre la mesa de un Obispado más pendiente de prohibir que de evangelizar.
Así no las gastamos en esta provincia, en la cual somos capaces de lo mejor y sobre todo lo peor. Mismo modus operandi que el de otros aspectos de la vida corrompidos por una clase política inútil. No obstante, claramente es señalada la capital como principal culpable de esta procesión que parece abocada al silente desprecio del mundo cofrade por el desconocimiento y la inmovilidad representada en la principal ciudad incapaz de mover un dedo para defender un proyecto configurado en sus entrañas. Aunque es fiel reflejo de lo que ocurre en otros ámbitos, vuelvo a repetir.
Así pues, la pintoresca magna de Jaén debe salir adelante, sin embargo las ganas parecen brillar por su ausencia instaladas en una falta de ambición que es la tónica dominante de los últimos años en esta provincia, teniendo a sus bandas como grandes embajadores y con un desierto inhabitable en el resto de su sociedad cofrade.
En Jaén no hay nada, por que el inmovilismo instalado en la capital y en otras ciudades se ha adueñado de la dialéctica defendida por los adalides del «orgullo y el honor». Personajes que mantienen sus esfuerzos en blandir la espada de Damocles sobre otros pueblos y ciudades que integran el territorio en vez de presentar lucha y defensa por la sociedad cofrade que representan que no es otra que la jiennense, muy precisamente plasmada en una procesión magna que es reflejo del naufragio de una provincia y sus habitantes. Pues eso en Jaén no hay nada, con carácter de profecía autocumplida, porque los que tienen la posibilidad de defender y de actuar como líderes han desertado en el ocaso de un acontecimiento que pinta más a drama que a comedia. El tiempo dictará sentencia.





