Inundando las calles de música y ambiente, los diferentes fenómenos navideños que han surgido a raíz de la necesidad de incentivar el movimiento de personas y el consumo desmedido han venido para quedarse en forma de aldabonazo tras la pandemia que desvencijó nuestras fortalezas y puso en entredicho nuestra libertad.
Fiestas de todo tipo, desde las más representadas en la cultura andaluza como las zambombas hasta la incipiente entrada de la fiesta de Santa Claus el día 24 de diciembre, cada vez más esparcida por todos los rincones, aunque poco tenga que ver con nuestras tradiciones. Lejos de recordar el verdadero propósito de la Navidad, la sociedad actual se inclina por las nuevas tendencias que nutren a las nuevas generaciones. Actividades, animación infantil, concursos, villancicos y la selva amazónica convertida en leds cromáticos suspendidos a lo largo y ancho del entramado urbano de las ciudades, se reparten un programa en el que las hermandades y cofradías también tienen su cuota de protagonismo.
Y es que la necesidad de adaptarse a los tiempos ha inducido a las fraternidades, en estos últimos años, a buscar fórmulas de participación y enriquecimiento social que generen una integración bien entendida a través de actividades con un alto voltaje caritativo, pero también con un rendimiento positivo a nivel de imagen para las propias hermandades. Tanto es así, que los ensayos solidarios y las colectas benéficas en todo tipo de emplazamientos han vuelto a dominar la programación navideña de las Cofradías, más allá del tradicional montaje del belén. Proliferación que se mantiene en conjunción con otro fenómeno en auge e importado desde tierras gaditanas, como es la zambomba.
Sí, nadie se esperaba que una simple reunión de personas cantando alrededor del fuego pudiera dar lugar a un fenómeno extendido por los cuatro costados. Pieles finas aparte, la zambomba supone el anclaje necesario de las tradiciones andaluzas más genuinas frente a la aparatosa maquinaria importada desde tierras extranjeras que ha motorizado la Navidad convirtiéndola en un fenómeno tractor más propio de Times Square que de La Luisiana, por nombrar algún pueblo.
Momentos para recordar las viejas tradiciones al son de los villancicos flamencos más puros suponen la dosis necesaria para alimentar y cubrir de fortaleza una propuesta que ha calado en muchos lugares de Andalucía y del resto de España. Fenómenos aglutinadores en los que participan todos los estamentos de la sociedad, incluidas las hermandades, buscando siempre el equilibrio entre la cultura y la religiosidad popular, lejos de estridencias y demandas.
Por eso no es necesario tomar prestadas tradiciones foráneas para alimentar la Navidad. La fórmula la tenemos y hay que potenciarla. Con esto no quiero decir que cada pueblo tenga que renunciar a sus tradiciones para integrar la zambomba, sino que la idea es mostrar con el efecto de una simple fiesta arraigada lejos de los cánones de la modernidad, puede perdurar y desarrollarse en el tiempo como fenómeno de época y flexible donde los haya.
Y es que en ocasiones lo menos es más…





