El fin de una larga espera. Más de un año. Ni siquiera la triste lluvia de un aciago Lunes Santo corrompió la pureza del verde que anuncian los caperuces desde la antigua Parroquia que fuese casa de acogida de una hermandad creada al amparo de la Ermita de Linarejos.
El simple pero a la vez complejo suspiro al cielo del Señor Orando en el Huerto que también construyó Espinosa Cuadros, continúa infligiendo la ternura en los corazones de una hermandad que fue hija de su tiempo, tiempo de cambio de sedes, de revoluciones costaleras y de adaptarse a los tiempos. Sería en 1942 cuando llegara el Señor y el Ángel confortador, obra del mismo autor, simbiosis que inspiró a una de las mejores siluetas dibujadas en el fresco de la memoria. Una escena que mantuvo su idiosincrasia para volver a adaptarse a los tiempos con la llegada del nueva efigie celestial del Ángel de Antonio Joaquín Dubé de Luque en el año 2005.
El carácter viajero de la Cofradía siempre estuvo a la orden del día. Tras su fundación bajo las plantas de la Patrona de Linares, la Cofradía se reorganiza en la Iglesia de San José, barrio castizo y cuna de grandes devociones, que precedería a su actual sede canónica, la Basílica de Santa María. Aún cuando parece establecerse definitivamente, la Corporación se vio obligada a cruzar la ciudad para desembarcar en la Iglesia de San Agustín en el año 2001, templo costalero por antonomasia que inspiraría años antes a esta hermandad para crear, de la mano del por aquel entonces capataz de la Hermandad sevillana de Montesión, Juan Lozano Delgado. Sin embargo, el periplo en la Iglesia de San Agustín llegaría a su fin tras la resolución de las obras en la Iglesia de Santa María que precederían al ansiado regreso de la Hermandad al templo renacentista.
La Cofradía ha contado con los mejores artistas a lo largo de los años. Buscar en antiguos documentos y libros olvidados nos hace apreciar la grandeza de las gubias que trabajaron para una Corporación que empezaba a crecer como la espuma. La escena del Señor Orante consolado por el Ángel sería sustentada por la precisión y despunte de Ángel de la Feria en el arte del tallado y posterior brillantez del dorado conferido por Manuel Verdugo. Sin embargo, la obra maestra del bordado que cobijaría a la Santa Madre María Santísima de Gracia, obra sobresaliente de Martínez Cerrillo, supondría el colofón a un trabajo de mejora constante y superación. Manuel Solano conferiría el clasicismo textil y Ramón León cincelaría el fulgor de la alpaca plateada para otorgar la perfección al joyero mariano del Lunes Santo linarense.
Y es que, ¿qué sería del Hijo sin la Madre? La belleza y el llanto sereno hecho imagen supone la dulcificación de una Cofradía que supo mirar más allá de las barreras clandestinas de la tradición, en busca de nuevas cotas de perfección. La humanización de la figura celestial de la Virgen María que hiciera Juan Martínez Cerrillo comporta la capacidad de sentir el dolor de una Madre, a medio camino entre lo terrenal y lo celestial en la delgada línea que separa el Reino de Dios y el mundo tangible. La simpleza y la complejidad de una mirada inconsolable traspasada por siete espadas capturada en el tiempo por los siglos de los siglos.





