Cruz de guía | Se olvidan de lo verdaderamente importante

La Procesión del Jubileo de Roma será un hito histórico en la trayectoria de la Semana Santa andaluza y del resto de España. Hasta hace pocos años era impensable llevar a cabo un acontecimiento de tales características en una ciudad tan caótica como Roma. La logística que requiere hacía imposible la materialización del sueño que solo había alcanzado la Virgen del Mayor Dolor de Granada hace más de veinte años.

La larga cola de tertulias que ha traído consigo, deja atrás a otros acontecimientos, que si bien hasta hace unos años parecían irrealizables, también alcanzaron el éxtasis de lo que parecía una utopía. Esta sucesión de actos cada vez más magnos en el propio sentido de la palabra dejan entrever la deriva de la Iglesia hacia una modernización cada vez más protestantizada. Y con lo de protestantización me refiero a la capacidad que tenemos, los católicos en particular y el ser humano en general, de dejar de lado lo verdaderamente importante, que es la liturgia eucarística; Jesús Sacramentado.

La vía de la belleza

A lo largo de los años hemos ido sustituyendo a la Verdadera Razón del ser humano en la tierra por una religión instaurada en la «vía de la belleza» como tituló Monseñor Fisichella a las muestras de religiosidad popular en la calle y que defendía, hace poco, Paloma Saborido, en un conocido medio de la capital hispalense. Las dos mentes pensantes que hay detrás de la Gran Procesión de Roma han conferido un carácter casi inamovible al poder de la Imagen de Cristo o de la Virgen para llegar a Dios. Un poder inquebrantable e insustituible que parece dejar en un segundo plano a la verdadera presencia de Dios en la Tierra, que no es otro sino el Santísimo Sacramento instituido en la Eucaristía.

Hemos terminado por abandonar nuestros cuerpos a las pasiones de los sentidos alimentados por la belleza de ver un conjunto escultórico en las calles o de escuchar una emotiva composición musical. Existen tantos matices en la Semana Santa que muchos nos preguntamos al final, qué pinta Dios en todo esto. La «vía de la belleza» se ha terminado por comer al resto de dimensiones de la religiosidad popular, pasando por alto la importancia de los cultos, la liturgia o la acción caritativa. Todo lo relativizamos en el día de la salida, como símbolo inquebrantable de la deriva de una Iglesia que ha tenido que trasladar a dos portentosas Imágenes a Roma para poder sacar pecho en los últimos años.

Las imágenes son imágenes

Como bien he dicho, las imágenes son efigies sagradas concebidas como medio para llegar a Dios y a su Santa Madre. Dignas de veneración, en ningún momento fueron pensadas para sustituir a la Verdadera Expresión de Dios en la Tierra. Y es que en muchos casos hemos caído en una desvirtualización del sentido de las imágenes, casi alcanzando el nivel de idolatría palpable en el día a día. En muchas ocasiones pasamos por la Iglesia sin reparar en la presencia del Santísimo, directos a la capilla de nuestra devoción particular, sería algo como entrar en casa de algún amigo sin saludar.

Al fin y al cabo las imágenes continúan siendo de madera tallada y policromada, sin embargo la Sagrada Forma contiene al verdadero espíritu de Dios, que preside la Iglesia y no su representación iconográfica.

La acción caritativa es también un medio

En la entrevista mencionada anteriormente, Saborido quitaba importancia a la acción social como uno de los tres ejes fundamentales de las hermandades, confiriéndole toda la relevancia a la procesión. Quizá muchos no han sido capaces de comprender el sentido de la obra social de las cofradías como medio para erradicar la pobreza o por lo menos minimizarla. Se me vienen a la cabeza casos como la Fundación Corinto de su Málaga natal o el Centro de Estimulación Precoz del Cristo del Buen Fin en Sevilla, como ejes fundamentales de la dignidad humana.

Del resto de fundamentos como la formación o el Culto, en la entrevista eran vagamente mencionados, ni siquiera por el simple hecho de que los titulares de la Gran Procesión iban a estar expuestos al culto en la mismísima Basílica de San Pedro del Vaticano. Un hecho tan «habitual» como incomparable con transcurso de la Gran Procesión por el Coliseo romano, nótese la ironía.

Hacia una audaz protestantización

Muchos de los artículos que he leído en las revistas cuaresmales y de índole cofrade me han hecho pensar en el camino en el que estamos inmersos, cada vez sumergidos en una protestantización audaz motivada por el auge de los sentidos frente a la espiritualidad. Por no hablar de la escasa relevancia de los sacramentos centrales, lejos del ejemplo de los santos e inmersos en una única dimensión religiosa de lo tangible.

Nos salva la veneración a la Virgen María como icono de Salvación, aunque muy lejos de su ejemplo, hemos conferido la importancia a lo menos importante. Y es un poco lo que ocurre con la Procesión de Roma. Que sí, que me dirán que la procesión es un hito histórico como así me he referido en el encabezado, que es un milagro que el Cachorro y la Esperanza recalen en Roma y que va a ser un acontecimiento inolvidable, pero realmente hemos reducido la religiosidad popular únicamente a la espectacularidad y a la belleza (que la tienen) sin recalar en la importancia del sacrificio del Señor y en el ejemplo, simplemente por unas instantáneas inolvidables en el Coliseo y en el Circo Máximo.

En mi opinión, todo esto de Roma se ha quedado en un quiero y no puedo de una sociedad cofrade reducida a la máxima expresión de lo mundano y de lo banal, pues incluso la imposibilidad de acceder al Vaticano nos ha servido para desenmascarar la razón de porqué los cofrades desean, literalmente, darse un paseo turístico por Roma con ciriales, pasos y tronos incluidos, que no es otra que vivir una experiencia sensorial lejos de lo espiritual.