El Redil Eucarístico que le rinde pleitesía crea un evocador altar efímero en el marco del centenario del Cántico de las Criaturas
En el radiante preludio del cuarto sábado de Pascua, la comunidad capuchina de Córdoba, a través del Redil Eucarístico que rinde culto a la imagen letífica, ha elevado de nuevo, con fervor y belleza, el tradicional altar efímero en honor de la Santísima Virgen María, Madre del Buen Pastor, venerada bajo la entrañable y celestial advocación de Divina Pastora de las Almas.
El corazón del convento de Capuchinos se transforma en un idílico escenario donde se conjugan la devoción, la estética y la espiritualidad. Allí, el risco, ese enclave simbólico de hondas resonancias místicas, recrea una bucólica escena en la que María, revestida con su iconografía pastoril, se muestra como amada guía de su grey, apacentando a las almas que acuden a Ella con humilde confianza.
Bajo un dosel finamente dispuesto, abierto como símbolo de acogida y protección, se despliega un conjunto artístico en el que flores, luces y candelabros envuelven con delicadeza a la imagen bendita de la Pastora. A sus pies, la representación del pueblo de Dios comparece en actitud contemplativa, custodiado por la majestuosa figura de San Miguel Arcángel, celeste mayoral que defiende a la grey del acecho del mal.
Este año, la celebración cobra una significación especial al coincidir con la conmemoración del VIII centenario de la composición del Cántico de las Criaturas, himno sublime nacido del alma de San Francisco de Asís que canta la hermandad entre todas las obras del Altísimo y proclama la fraternidad cósmica. La familia franciscana, y en especial la Orden de los Frailes Menores Capuchinos, se une en este aniversario a través de la figura de la Virgen Pastora, encarnación de la ternura de Dios y espejo de la creación redimida.
Diversas representaciones escultóricas de santos y beatos capuchinos envuelven la escena, completando un conjunto que no sólo enriquece visualmente el altar, sino que pone de manifiesto la herencia espiritual y carismática que ha florecido al abrigo de la Virgen. En el centro, María, como obra maestra de la creación y elegida de Dios, reina sobre su rebaño, asentada en el aprisco glorioso de la tradición capuchina, donde resplandece como modelo perfecto de seguimiento evangélico.
Córdoba, una vez más, se postra ante su Divina Pastora, y lo hace con la mirada agradecida de quien encuentra en Ella consuelo, esperanza y el reflejo más puro del Buen Pastor que lleva sobre sus hombros a la humanidad redimida.










