El Adviento, con su invitación a la espera, la conversión y la renovación, encuentra un eco especial en las hermandades. Estas comunidades de fieles, arraigadas en la tradición y la devoción, pueden hacer del Adviento un tiempo de profunda espiritualidad y crecimiento. Las hermandades tienen raíces históricas profundas. El Adviento puede ser una oportunidad para reencontrarnos con el origen más profundo de nuestra historia.
Asimismo, a espera compartida del Señor puede unir aún más a los hermanos, fomentando el espíritu de servicio, la solidaridad y el apoyo mutuo. El último suspiro para la venida del Redentor y la ilusión por el comienzo de un nuevo año fortalecen el alma en un tiempo en el que las representaciones belenísticas toman nuestras cofradías al son del tamboril y la pandereta.
El tiempo de espera nos sumerge en la liturgia, como no puede ser de otro modo, y las tres eucarísticas de carácter preceptivo marcan el tiempo de la oración y la rememoración en las comunidades eclesiásticas. Natividad, Santa María Madre de Dios y la Epifanía dividen en intervalos el tiempo que responde a la eterna espera de cuatro domingos que lucen en el firmamento.
Es tiempo de servicio. El frío y las colas del hambre claman para atender el tercer pilar fundamental de las cofradías: la Caridad. El servicio al prójimo y la ayuda al necesitado concentran las obras de caridad que las hermandades evocan a través de potentes obras sociales que no hacen sino sostener a una sociedad corrompida por el egoísmo y el desapego.





