La Hermandad de la Esperanza Macarena se enfrenta a unas elecciones con una inusual terna de candidatos —José Luis Notario, Fernando Fernández Cabezuelo y Pedro Ignacio García Rivero—, pero el verdadero elector en estas urnas no es un hermano, sino el fantasma de la polémica restauración de la Virgen que convulsionó a Sevilla hace apenas unos meses.
Esta reciente crisis, que forzó la dimisión del mayordomo y el prioste y obligó a la Junta de Gobierno a pedir «perdón por el daño moral y devocional» causado a los fieles, no fue un simple error técnico. Fue, en realidad, el clímax del problema endémico que aqueja a la Macarena y a muchas grandes corporaciones: la primacía absoluta de la gestión patrimonial sobre la espiritualidad.
El fervor por la marca Macarena se ha centrado tanto en el «arte por el arte» que, cuando se alteran las pestañas, el color o la expresión de la talla, la reacción es una conmoción que traspasa lo cofrade y se convierte en noticia internacional. La imagen, la joya, es el centro.
Y aquí viene el reproche a los candidatos: ¿Han aprendido algo de esta crisis?
Al analizar las plataformas, se percibe que todas prometen eficiencia, estabilidad económica y, por supuesto, más o mejor gestión del tesoro artístico. Es decir, prometen ser excelentes gestores del Museo. Pero, ¿quién promete invertir la misma cantidad de energía y recursos en revertir la indignación espiritual que generó el escándalo?
La Macarena no necesita un Hermano Mayor que sea el mejor custodio de unos enseres ya inigualables. Necesita un líder que se atreva a cuestionar esta inercia: ¿Dónde queda la transparencia? La polémica demostró una inquietante falta de comunicación con las bases sobre la intervención de la imagen más venerada. ¿Qué medidas concretas proponen los candidatos para que el patrimonio sea gestionado con luz y taquígrafos, y no bajo el secretismo que tan caro costó? ¿Dónde está la Caridad? El debate sobre el arte es fiero, pero el debate sobre la pobreza es tibio. ¿Cómo se justifica que la Hermandad más rica y visible no lidere con contundencia un proyecto social de impacto real que esté a la altura de su patrimonio?
Los tres candidatos son, de alguna manera, herederos del clima de gestión que llevó a la crisis de la restauración. Por ello, tienen la obligación moral de ir más allá del continuismo o la simple alternativa administrativa.
Es innegable la labor inapelable de Fernández Cabrero al frente de la Hermandad sevillano y ahí están los números, no obstante, el Hermano Mayor que la Macarena necesita ahora es aquel que entienda que la elección no es un trámite para heredar una Junta, sino una llamada a la conversión pastoral. Que elijan a quien se comprometa a que la siguiente gran noticia de la Macarena no sea una nueva polémica patrimonial, sino una obra de Caridad que demuestre que, para la Esperanza, la fe de sus hermanos vale más que cualquier joya. Si no es así, la Basílica seguirá siendo solo un espectacular museo y no el faro de evangelización que Sevilla necesita.





