En estos tristes días en los que la desesperación nubla el juicio de las personas que sufrieron la tragedia y el golpe más duro al corazón como es perder a un ser querido, me doy cuenta del constante evocación de los que ya no están que proporciona la Semana Santa.
La Semana Santa, más allá de ser una celebración religiosa, se erige como un profundo acto de introspección y recuerdo. Para los cofrades, el recorrido procesional se transforma en un íntimo viaje espiritual donde la fe y el duelo se entrelazan de manera singular. Solo hay que ver desde un respiradero o desde la mirada anónima de un nazareno el momento en el que conectan los ojos del espectador con la dulce mirada de la Virgen y la serenidad del Señor. El momento en el que habla el alma y evoca el recuerdo a la gente que pasó y que se sublima en la nube de la memoria que se hace más latente que nunca durante la Semana de Pasión.
El sufrimiento de un costalero, el lamento de una saeta y el poder sanador del recuerdo convierten a la Semana Santa en un acto de amor y de conexión espiritual con aquellos que han partido hacia la eternidad. Los que trabajaron por las Cofradías, los que creyeron en la continua mejora y adaptación de la Semana Santa al cinismo de la sociedad moderna y miles y miles de personas están inscritas en el manuscrito que invoca cada personal forma de vivir la Semana Santa. Es algo que provoca la tradición entendida como la herencia que nos dejaron nuestros antepasados y que debemos perpetuar en el tiempo a través de un trabajo arduo.
En estos días de sinrazón, el recuerdo de las víctimas de Valencia configura una particular Semana de Pasión nacida en el seno del sufrimiento pero que, de buen seguro, se transformará en la mirada altiva de aquellos que gozan de esperanza, de aquellos que se acinan en las calles para ver pasar a Dios y de aquellos que evocan los más profundos recuerdos de felicidad.





