Cuando arrecian las críticas, la profunda reflexión del hermano mayor de La Macarena 

El hermano mayor de La Macarena, José Antonio Fernández Cabrero, ha publicado una interesante reflexión en su cuenta personal en redes sociales. El mismo llega tras la polémica interrupción realizada a la Virgen de la  Esperanza y a las puertas de un cabildo general extraordinario para que se apruebe que la imagen sea restaurada. A continuación, les reproducimos el contenido íntegro de lo publicado por Fernández Cabrero, titulado ‘Diálogo’. 

El mensaje 

​“Veo lo mejor y lo apruebo… pero sigo siempre lo peor. No nos falta valor para emprender ciertas cosas porque son difíciles, sino que son difíciles porque nos falta valor para emprenderlas. Sucede con el diálogo. Valor o voluntad, ambos resortes nos sirven, porque la voluntad es poderosa y se desarrolla gracias a los hábitos. Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces, pero no hemos aprendido el arte de vivir juntos por eso hay tanto que mejorar en las relaciones interpersonales en las hermandades, y por qué no, también fuera de ellas. La competitividad fría e implacable, los atropellos, las prisas y los desasosiegos por triunfar, dominar y tener, nos apartan cada día más y más de esa verdadera sabiduría de la vida que sólo es posible encontrarla en la serenidad del espíritu, en la sencillez y la delicadeza de trato con nosotros mismos y con los demás. El lago sólo refleja el cielo cuando está sereno. El clima de crispación y nerviosismo del que tanto nos lamentamos, lo suscitamos, alentamos y potenciamos con nuestras constantes lamentaciones y quejas, nuestra falta de paz y silencio interior y nuestra incapacidad de encarar cualquier situación adversa con una abierta sonrisa, sentida y querida a un mismo tiempo por nuestro corazón y nuestra mente.

​Hoy cuando todos los medios de comunicación social han hecho de la publicidad y la noticia un gran negocio, la verdadera comunicación, el diálogo auténtico y profundo persona a persona, se ha empobrecido hasta el punto que su angustia, su problema personal e íntimo, su desesperación y desgracia, se encuentran completamente desasistidos. Practicamos el diálogo, como exquisito valor humano siempre que decimos unas palabras amables, callamos con sabiduría o controlamos la ira que se desata en nuestro interior y no permitimos que nuestros gestos o palabras se impregnen de venganza o desprecio a los demás. Somos verdaderamente sabios si nos proponemos como objetivo sembrar y recrear en nuestro derredor una abundante lluvia de actitudes saludables, diálogo y respeto, esencialmente. 

Estamos necesitados del diálogo. No es obligado. Yo hablo con quién quiero. Vale. Pero, ¿cómo lo haces? Porque hasta para hablar con quien se quiera, se puede revisar el cómo se hace. Ahora bien, dentro de todo esto hay una pregunta exigida: ¿le es dado al hombre pronunciarse así? ¿Yo hablo con quién quiero? Sin proponérnoslo, aunque no queramos, estamos obligados a la comunicación diaria y correspondientemente al diálogo. De cómo se muestren nuestras habilidades para ello, vendrá determinado el éxito en nuestras relaciones, y ¡cómo no! en el enriquecimiento de nuestra vida interior. Hoy es posible que sea más fácil definir qué no es diálogo que precisar el diálogo. Una cosa es cierta, cabe poco teorizar sobre el valor, hay que pasar a la acción porque se aprende haciendo. Entonces pues ¿qué es Diálogo? Diálogo es aquello que hoy no hacemos. 

Vivimos en un mundo de ruidos y no nos escuchamos. Pero no de ruidos de motores, no de volumen de decibelios, sino ruidos del corazón, del alma, de ausencia de valores. Vivimos un mundo de prisas y siempre estamos llegando tarde, lo malo es que estamos llegando tarde, no sólo a los sitios, sino a las personas y esto es lo grave, lo realmente grave. Vivimos en la cultura de la prisa. La rapidez es una virtud, pero engendra un vicio que es la prisa. No hay tiempo para hablar, menos para dialogar. Sólo para darnos instrucciones, para emitir mensajes. Y claro, como yo tengo que emitir el mío, mientras me hablan, no escucho, sino que estoy construyendo mi mensaje que luego soltaré. Y a eso lo llamamos diálogo ¡Pues qué bien!. Pues no amigos, eso es cualquier cosa menos diálogo. 

El diálogo es una planta de desarrollo lento. Requiere incluso aprendizaje, pero aprendizaje de campo esto es: se aprende haciendo, no teorizando. Aunque cierto es, como se dice en Harvard: una buena práctica empieza en la teoría. Yo empezaba diciendo, si antes de saber dialogar ¿queremos realmente dialogar?, y decía también que no se trata de querer, sino que estamos obligados, porque es muy triste vivir en un mundo de sordos. Sordos a los sonidos del corazón. El diálogo, esto sí que está claro, no impone un sector determinado de edad. Afecta a todo ser en todos sus estadios de vida. Habría que preguntar a las madres cuantos diálogos imaginados y hechos realidad después, mantuvieron con sus bebés cuando éstos se hallaban en el seno materno. Preguntadles, hijos todavía “no natos”. Preguntadles por las respuestas hechas sonrisas, arrumacos y caricias, cuando a sus bebés se les estimulaba con palabras, gestos, miradas inundadas de ternura, cuando sólo tenían días, meses. Mudos diálogos, ricos, plenos, intensos, ciertos, más ciertos que la vida misma. Porque el diálogo es una actitud de comunicación y encuentro con los demás. Así que, favorecer el diálogo es como promover un ejercicio de mutua aceptación entre hermanos, entre semejantes. El hombre no se relaciona consigo mismo, sino en la medida que se encuentra vinculado al otro. Es urgente fomentar el diálogo capaz de producir actitudes favorables en la búsqueda de un interés común.

​La asignatura pendiente hoy en el buen gobierno de las hermandades es “el servicio fraterno” o, dicho de otro modo, la capacidad de vincular personas e inteligencias a un proyecto social de Hermandad ganador, en el que toda inteligencia disponible se ponga al servicio con entusiasmo y humildad. Cuando nos demos cuenta de algo tan obvio, como que no somos iguales, ni pensamos de la misma forma, pero intermedia el respeto, habremos avanzado hacia el futuro y el progreso en las relaciones interpersonales”.