De camino al porvenir

Aunque cuando leáis estas líneas todavía quedará mucho que ver, lo cierto y verdad es que, con esta jornada de Viernes Santo, aceleramos el paso hacia el fin de nuestra Semana Santa. Como Cristo en el sepulcro, del que se levantó a los tres días, nosotros hemos vuelto a tomar las calles al tercer año, pese a lo sinsabores de las jornadas del lunes y martes. Ahora, tocará hacer balance de lo acontecido.

Una Semana Santa pos-pandémica, por obligación del concepto, ha de ser siempre muy especial. Los hechos vividos en estos días se han revestido de un carácter extraordinario. Había muchísimas ganas de salir y de manifestar públicamente todo el torrente emocional que nos ha atenazado durante tanto tiempo. No se puede culpar a nadie de tener sentimientos tan nobles, al contrario, hay que alabárselos. A fin de cuentas, este es el corazón de nuestra Semana Santa: la devoción desbordante de los que procesionan y el dolor silencioso de aquellos que han de esperar un año más. En cualquier caso, ambos demuestran una pasión inestimable que merece ser reconocida ante todo.

Ha quedado claro, o al menos así lo entiendo yo, que las hermandades cordobesas han dado ejemplo de responsabilidad, sin excepción alguna. Lo dieron durante el confinamiento, lo mostraron durante la desescalada y lo han ratificado en cada una de las decisiones que han tomado. Todas han realizado su estación de penitencia, dentro de sus circunstancias, con una elegancia y un amor que quedará grabado en nuestras mentes de por vida. Por ello, gracias, hermanos, por lo que habéis hecho. Cada uno de vosotros, en mayor o menor medida, aporta a nuestra Semana Santa un granito de esplendor irremplazable. No me cabe duda de que vuestro premio será grande en los cielos, pues, con acciones como las vuestras, habéis logrado allí muchos tesoros. Gracias y a coronar nuestra Semana de Pasión como se merece.