La crónica | No volverá a sentir Soledad

Primeras horas de la tarde del Viernes Santo y el barrio de Levante tenía un punto de encuentro y un motivo para la reunión. La Hermandad de la Soledad realiza su primera Estación de Penitencia desde la Parroquia de Santa María de Guadalupe.

Ya pasaron los tiempos de Santiago, los regresos a la Parroquia sin el calor de la gente en Lineros o Agustín Moreno. Ya, María Santísima de la Soledad tiene la compañía para su momento de soledad infinita.

A la hora prevista, y ante la emoción de quienes estaban expectantes a vivir este momento histórico para el barrio y para la hermandad, un nazareno vestido con el hábito franciscano se ha dirigido a la nueva puerta que hubo que construir para que el precioso paso de La Soledad pudiera entrar y salir del templo.

Tres golpes con la palma de la mano, y la Banda de Música de La Estrella comienza a tocar la melodía y acordes de Ione, de Enrico Petrella. Quedará para los archivos que fue ésta la primera marcha procesional que se interpretó a la hebrea más guapa de Córdoba.

La música no ha cesado de sonar durante todo el tiempo en el que el cortejo de nazarenos franciscanos ha necesitado para iniciar su procesión a la Catedral y María Santísima de la Soledad ha recibido los rayos del sol del Viernes Santo.

No hubo himno nacional, no sonó Soledad Franciscana en ese momento. Pero han sido dos detalles de los que te das cuenta al paso del tiempo, pues en ese momento todo era Soledad en la calle.

Un precioso calvario hecho de flores variadas en distintos tonos que van desde el malva al morado no sirve para restar un ápice de belleza a La Soledad, con la Corona de Espinas que le acaba de quitar a su Hijo. Ya no está en su regazo, ya no puede acunarlo. Ahora sólo se agolpan mil recuerdos de los días vividos viéndolo crecer y convertirse en el Hombre que salva a la Humanidad.

María Santísima de la Soledad ya no tiene corazón, pues a Él se lo ha entregado. Siente todo el dolor sola, triste y sin amparo. La Cruz es ahora su Cruz. El abandono es inmenso, pues todo se ha acabado. Las lágrimas de incomprensión asoman en su rostro. Sólo queda el consuelo de saber que Dios recibe el Alma de su Hijo en sus manos.

Y con el paño de pureza que ha servido para descenderlo de la Cruz al capricho del aire que sopla en el barrio de Levante, María Santísima de la Soledad inicia una nueva andadura que no puede más que traerle alegría, consuelo, y amor necesarios para dejar de sentir la Soledad que hoy tiene.