Después de unas efímeras vacaciones, y ya de regreso, con el calor infernal que reina en nuestra tierra, es cuando se echa de menos los veinte y cinco grados de temperatura de las inmediaciones de la costa cercana a la capital lusa.
Y como no podía ser de otra manera, en estas vacaciones visitamos toda la familia, tres generaciones reunidas la renombrada y súper conocida Capilla de Nossa Senhora da Paz, ¿no la conocen?, verán como si la conocen, ¿han visto la imagen similar al Cristo Redentor de Rio de Janeiro, que pueden ver desde casi la totalidad de Lisboa?, llamado Cristo Rei. Justo ahí está la mencionada capilla de Nuestra Señora de la Paz.
Poco se podían imaginar los que en 1934 iniciaron la colecta a petición del Cardenal de Lisboa, quien en un anterior viaje quedó impactado por la imagen que preside la ciudad de Rio de Janeiro, la obra fue finalizada en la década de los cincuenta. Símbolo de la paz, y del agradecimiento del pueblo a Dios por haber protegido Portugal de los estragos de la II guerra mundial.
La escultura de Cristo Rei se la debemos a las manos de Francisco Franco de Sousa, pero bueno esto no es de lo mejor que pude disfrutar en este singular lugar de colosales medidas, y es que para grande, grande, lo que en el interior del templo nos tenía reservado el destino.
Visitamos la capilla de Nuestra Señora de la Paz, y visitamos el sagrario, donde al llegar, coincidimos con tres monjas, perdonarme, pero no puedo señalar por los hábitos la orden a la que pertenecían, todas llegaron de forma apresurada, tomaron lugar en sus asientos y casi al unísono, tomaron su móvil, si leen bien, tomaron su teléfono móvil y con una rápida manipulación, iniciaron el rezo de vísperas, exactamente a las seis de la tarde.
Participamos en la oración, ellas en portugués y nosotros en nuestra materna lengua, pero no pude menos que tras la oración, admirar como una obra de carácter modernista, con sus extraordinarias pinturas, en un edificio de esa antigüedad, mezclaba con naturalidad, la antigua expresión de vísperas, con la modernidad de usar el móvil a modo de libro de oraciones, con la belleza de la oración desde quien voluntariamente ha decidido dedicar su vida a Dios.
Pensando en estas cosas nos encaminamos al mirador desde el que se domina prácticamente toda la ciudad de Lisboa, el puente 25 de abril, compañero en tamaño y que une Lisboa con la población de Almada donde está el templo, desde el mirador pudimos ver el barrio de Belem, el más dulce de toda la ciudad, su famosa torre, el puerto, y los maravillosos destellos del sol en las aguas del Tajo, tajo que desgarra la ciudad por la mitad, y en la cafetería un enfadado camarero nos volvió a realidad del mundo, su enfado, seguro por lo agotador de su trabajo, firmando su trabajo con un nada agradable trato.
Poco podía tener de importante esta visita, al no ser a los pocos días visitamos el cabo de Espichel, cercano a la ciudad de Sesimbra, una de las mejores puestas de sol quizás de toda la costa Atlántica, y mirando hacia el norte, se veía no con cierta dificultad, quizás más con la imaginación que con el ojo, la figura ahora diminuta de Cristo Rei, sobre unos profundos acantilados, sobre los que volaban incontables gaviotas, y sobre ellas nuestra mirada perdida en el horizonte, no pude evitar que se me escapara mirando al sol ponerse: “Dios mío, ven en mi auxilio. Señor date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén….”
Y a pesar de ser más Completas que Vísperas, lo importante es que esa “diminuta” figura de cerca de treinta metros de alta, me arrancó una oración de los labios y me brindó una maravillosa puesta de sol, en compañía de mi familia junto a la grandeza de lo creado por su Padre, gracias Dios mío, por las pequeñas obras que te hacen grande.
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