El viejo costal, Opinión

De Madrid al cielo…

He visitado este sábado pasado Madrid, donde con compañeros de trabajo celebramos una comida con motivo de la jubilación de varios, entre otros yo mismo, como viajero viejo y conocedor del foro, dirigimos nuestro pasos desde Atocha al cercano barrio de las letras.

Buscábamos la antigua y famosa cervecería Cervantes, situada en la Plaza de Jesús, todos nos apuntamos a la recomendación de José María de tomar una tostá de gambas, que al parecer hacen más furor que los clásicos bocadillos de calamares. A la llegada al establecimiento, y esperando que nos buscasen acomodo a los compañeros que íbamos, aproveché para cruzar la calle y tras los pasos de mi compañero Teo visitar al que sin duda es el Señor de Madrid, Jesús Nazareno de Medinaceli.

Augusto y de soberbia mirada, situado en el altar mayor de la basílica de su nombre, soberano y servidor absoluto, su oscura tez desde siempre me ha llamado la atención, y sus ojos, que traspasan el alma, para llenar el corazón de quien alce la mirada y con la suya se encuentre.

Esta talla, salida del taller de Juan de Mesa, y muchos apuntan a las manos de sus discípulos Francisco de Ocampo, o Luís de la Peña, oficialmente es anónima, fue trasladada por los Capuchinos a la Plaza fuerte de Mehdía en Marruecos, para el culto de los soldados españoles, en abril de 1681 fue tomada por los musulmanes y arrastrada por las calles de Mezquinez, fue rescatada por los Trinitarios que la trasladaron a Madrid, corría el año de 1682, no por ello permaneció en la ciudad y al culto, sufrió numerosos traslados como consecuencia de la guerra civil, pasando por Valencia, Cataluña, Francia y llegando hasta Ginebra (Suiza), desde donde finalizada nuestra guerra civil regresó a Madrid, por algunas de estas cosas es conocido como Jesús del Rescate, o Jesús rescatado.

Paseé por las distintas capillas laterales, pensando en las noticias leídas en este año, donde afirmaban que unas 800.000 personas presenciaban su salida procesional durante la Semana Santa, muchos madrileños para rendir culto al que sin duda es Señor de la capital.

Me reclamaron los compañeros, para que pasásemos al salón de la Cervecería, donde degustamos viandas de castilla y algunas de lugares más lejanos, cerveza y vino, conversación distendida, y por recomendación de Francisco, con las manos en la cartera al paso del cercano “congreso de los disputados”, y entre bromas y risas decidimos pasar el resto de la tarde.

Pedro, alzó en un momento de la comida su copa al aire, y en un memorable brindis, gravado y guardado para la historia, donde pedía que no faltase en el futuro y al siguiente brindis nadie de los presentes, y recordando especialmente a nuestra compañera Felicitas, que en la actualidad está luchando por segunda vez contra el invisible y maldito covid.

No pude menos que recordar el número incierto de fallecidos, numero que nunca contaron con certeza en la cercana Carrera de San Jerónimo, y vi la soberbia mirada del Cristo de Medinaceli, al que tanto padeció desde que las manos del que fuese su autor lo desenterrara de la inerte madera, dando vida a la representación de un cautivo eterno, rescatado al peso de oro, sin cruz alguna, y con las manos atadas, del que solo queda que te puedas llevar lo duro de su mirada.

Sonreí, por las palabras de Pedro, abracé desde mi corazón a Felicitas, ausente y distante, y me sentí cautivo por unos segundos, no por las manos atadas, si no, cautivo por su impresionante mirada.