Algo extraño ocurre cuando hemos convertido algo incorrecto en el pan nuestro de cada día. Estrenos como la túnica de los Gitanos, prodigio del bordado y del arte, antes hubiera sido un estreno magnífico (y lo es), pero que se hubiera compaginado con otros estrenos del mismo valor artístico tanto en bordado, talla u orfebrería. Lo que antes era habitual en el mundo de las cofradías, se ha convertido desgraciadamente en un hecho insólito.
La dinámica escogida hoy en día en las cofradías que por lo general disponen de un muy buen fondo de armario (Gran Poder, Pasión, etcétera) es tan incoherente como innecesaria. Los argumentos que dan los defensores de las túnicas lisas son curiosas: el realismo de Cristo («¡Parece que anda!») y la pobreza del Señor. Sin embargo, la preferencia después por los pasos es un tanto discorde: más dorado, mejor. Y la banda, el entorno que rodea a la Imagen Sagrada, cuanto mejor sea y más cueste mejor es. Hemos caído en una decadencia iconográfica e iconológica donde prima más una grandísima banda a que aparezca el Señor con todos sus atributos que lo realzan como Rey del Cielo y de la Tierra. Y con esto no estoy dando un portazo a la música, sino que compaginemos nuestros esfuerzos en dignificar la imagen del Señor, y más si encima se tiene un gran patrimonio bordado.
Porque si la pobreza de Cristo se mide por la túnica, realizando una son una decena más de empleos, una ampliación patrimonial, la corrección de lo incorrecto, el buen hacer cofrade. Sino, la próxima vez que vaya sobre las andas más sencillas posible con los más escuetos acompañamiento. Y rezo mucho para que la túnica de los Gitanos la veamos la próxima Madrugá, y no caiga en el olvido otra vez.





