En los últimos años, la música compuesta para agrupaciones musicales de la Semana Santa sevillana se ha polarizado en torno a dos sensibilidades que, sin ser irreconciliables, generan debates encendidos en las casas de Hermandad, en las barras de los bares y —lo que antes hubiera sido impensable— en las redes sociales.
De un lado, la escuela de lo que podríamos llamar la música épica procesional: marchas de gran envergadura sonora, arquitectura musical monumental, clímax orquestales que buscan el pellizco. Aquí se inscriben piezas como El Galileo, de Javier Cebrero y José María Sánchez Martín, con su despliegue sinfónico que parece querer elevar a los titulares hacia otra dimensión; Contigo, compuesta por Javier Cebrero para la Agrupación Musical Virgen de los Reyes, que convierte cada frase musical en una declaración de amor intenso, casi cinematográfico, donde Cebrero despliega su particular visión de la Pasión de Cristo; y Humildad, de Manuel Alejandro González Cruz para la Agrupación de la Encarnación y ahora Redención, que desde el minuto uno apuesta por una densidad emocional que no deja margen a la indiferencia. Son marchas pensadas para impactar, para ser reconocidas al primer compás, para hacer llorar a quien jamás ha pisado una iglesia.
Del otro lado, late con fuerza renovada la tradición clásica, encarnada sobre todo en el legado de Don Manuel Rodríguez Ruiz y la escuela de Santa María Magdalena de Arahal. Christus Vincit, Cristo de las Cinco Llagas, Salud de San Bernardo, Dolores y Misericordia, Alma de Dios: marchas nacidas de la misma mano, el mismo criterio, la misma filosofía sonora. Marchas que emocionan y nos transportan a tiempos pasados. Que confían en la línea melódica como argumento único. Que entienden que el lujo, en esta música, es la desnudez y la espiritualidad.
El público que cada corriente convoca
No es casual que ambas tendencias atraigan a públicos con perfiles distintos, aunque cada vez más entrelazados.
Las marchas épicas contemporáneas han ensanchado el perímetro de la afición como ninguna otra cosa lo había hecho en décadas. Han convertido momentos procesionales en eventos virales, han llevado la Semana Santa sevillana a oídos que jamás habían distinguido una saeta de una marcha fúnebre. Su oyente tipo es más joven, más accesible emocionalmente, menos exigente en materia de tradición. No es peor espectador: es distinto. Valora la potencia, el clímax, el hecho de que una música le sacuda por dentro aunque no sepa por qué ni desde cuándo.
El aficionado a la música clásica procesional, en cambio, suele ser alguien que ha hecho el camino inverso: que empezó fascinado por la pompa y fue descubriendo, con los años, la inteligencia oculta en la contención y la justa medida. Que aprendió a escuchar los silencios, los matices, la diferencia entre una banda que toca con respeto y la que lo hace con emoción desenfrenada. Es, en muchos casos, un oyente que siente que ciertas marchas nuevas le dicen demasiado, que no le dejan espacio para traer su propio duelo, su propia fe, su propia memoria.
Ambos tienen razón. Ambos están equivocados.
El peligro de los extremos
El problema no es que existan marchas épicas. El problema es cuando la épica se convierte en norma obligatoria, en la única medida del éxito musical procesional. Cuando una banda es aplaudida en proporción directa al volumen y cuando la sutileza pasa a ser interpretada como timidez.
Hay hermandades que han caído en la trampa del espectáculo sonoro, confundiendo la emoción fácil con la emoción verdadera. Una marcha que hace llorar a todo el mundo en treinta segundos no es necesariamente superior a una que hace llorar a quien sabe escuchar en tres minutos. La inmediatez no es virtud en sí misma. En arte —y la música procesional es arte— la resistencia a la comprensión inmediata suele ser síntoma de profundidad.
Pero tampoco cae en la gracia el purismo defensivo que condena cualquier novedad como traición. La tradición que no se renueva se convierte en reliquia. Amarguras fue nueva alguna vez. Pasión, Muerte y Resurrección, de Francis González Ríos, fue una ruptura en su momento. La historia de la música procesional sevillana es, precisamente, la historia de cómo cada generación añade su capa al mural sin borrar las anteriores.
¿Hacia dónde debe ir la tendencia?
La pregunta correcta no es si la música procesional debe ir hacia lo nuevo o hacia lo clásico. La pregunta es si sabemos distinguir lo bueno de lo mediocre dentro de cada corriente.
Sevilla necesita bandas que puedan tocar El Galileo con la misma solvencia con que tocan Christus Vincit. Necesita compositores que entiendan que escribir para una procesión es escribir para el tiempo suspendido, para el espacio entre el paso y la acera, para el silencio que viene después del último acorde. Necesita hermandades que no escojan su repertorio en función de lo que va a generar más visualizaciones en Instagram y Youtube, sino en función de lo que le va a hablar al alma de quien está viendo pasar a su titular.
Y necesita, sobre todo, público que eduque su oído. Que no se conforme con ser emocionado, sino que aspire a saber por qué lo está. El cofrade que conoce la diferencia entre una marcha bien interpretada y una mal interpretada es el mejor garante de que este patrimonio siga creciendo con dignidad.
La Semana Santa sevillana es, entre otras cosas, un ente vivo en constante revisión. Que su música sea rica, variada, exigente y generosa a la vez no es una opción estética. Es una obligación moral con quienes vinieron antes y con quienes vendrán después.
Entre la fuerza de los metales y el hilo de una melodía serena que se pierde calle arriba, Sevilla se reconoce entera. Cuidemos ese reconocimiento.
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