El 2022 será conocido en los anales de la Historia como el año del regreso, el año del renacer, el año de volver a ser lo que fuimos. Indudablemente esta etapa ha supuesto la recuperación de muchas de las tradiciones que habíamos perdido por obra y gracia de una pandemia que asoló todo lo que nos era querido. Quizás exageremos en demasía, pero a parte del dolor por la pérdida personal, la enfermedad nos arrebató muchos de los momentos resaltados a fuego en el calendario cofrade de Andalucía, la felicidad del apego y la necesidad de compartir vivencias. Navidad, procesiones, Semana Santa, fiestas populares y un largo etcétera acabaron por irse al traste durante casi dos años oscuros en los que nunca predijimos que la solución estaría a la vuelta de la esquina.
Pero eso sucedió y el 2022 ha sido actor principal en el escenario del restablecimiento de la normalidad. Una normalidad que ya vino precedida en muchos lugares, como podemos recordar, con acontecimientos tales como la aislada salida de María Santísima de la Candelaria por la ciudad hispalense, la magna procesión de Málaga o la peregrinación de Jesús del Gran Poder a los barrios más humildes de la capital de Andalucía. Sin embargo, el colofón estaba por llegar y el mes de abril afloró para dejarnos las primeras estampas de la vuelta de la Semana Santa a nuestras calles y plazas, un momento especial y emotivo en plena efervescencia primaveral en el que no pudimos contener las lágrimas y los abrazos brotaron por doquier en la celebración de una batalla que había durado demasiado tiempo.
Una Semana Santa que nos volvió a enseñar lo que era vivir, la malicia momentánea de la lluvia sobre nuestros cortejos, el olor a incienso en las calles, el cansancio de una travesía sin final, la eterna espera apoquinados en una acera y un sinfín de sentimientos encontrados para con los momentos indescriptibles vividos a lo largo de una semana.
Regresaron las procesiones de glorias, la festividad del Corpus Christi se vivió en las calles como antaño era llevada a cabo, las salidas extraordinarias coparon el calendario gregoriano, las magnas y las salidas en acción de gracias proliferaron por doquier, la hermandad se volvió a sentir en las casetas de feria, en las barras de los bares recordando lo eterna que es y será nuestra forma de ser.
Las calles nos esperaban. El despertar tras un largo letargo no hizo otra cosa que reafirmar lo necesario que es el paso de Dios por nuestras calles y plazas, la comunión cristiana e imperecedera sigue firme en nuestros corazones y lo seguirá por los siglos de los siglos.
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