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El Cirineo, Opinión

El cambio por el cambio

“El que no se mueve caduca” y “lo que funciona no se toca”. Dos expresiones contradictorias entre las que es conveniente, incluso necesario, encontrar el punto de equilibrio en todos los órdenes de la vida, también en cofradías. Vivimos unos tiempos en los que todos, y sálvese quien pueda, nos encontramos sometidos a la necesidad de alterar nuestro entorno para que quede constancia de que hemos interactuado en él, para dejar testimonio de nuestra propia existencia. Una necesidad, al parecer perentoria, que parece agudizarse en quienes forman de una junta de gobierno y aún más entre los poseedores de una vara dorada que parecen precisar imperiosamente provocar cambios en la realidad que gestionan para que su nombre pase a la posteridad asociado a un proyecto lo más mastodóntico o significativo posible.

“Yo hice la nueva casa de hermandad”, “fui yo quien le puso cornetas al misterio” o “la virgen se coronó siendo yo hermano mayor”, son algunas frases que dirigentes y exdirigentes de muy diverso pelaje gustan repetir hasta el hartazgo, como si su labor se redujese a eso, a haber protagonizado en primera persona hechos más o menos trascendentes que se producen, qué duda cabe, fruto del esfuerzo colectivo de una corporación y no por una sucesión cósmica de heroicidades personales. Habrá quien diga que esta manera de actuar deriva de un enfermizo afán de protagonismo, de un egocentrismo fuera de toda medida lógica o quizá de un acusado complejo de inferioridad que precisa de reafirmación continua. Yo no me atrevería a pronunciarme al respecto; emitir una opinión de este calado corresponde a un psicólogo, no a un humilde opinador, pero lo que sí tengo meridianamente claro es que no siempre los cambios son a mejor, y no lo son cuando se altera lo que funciona al capricho del gestor de turno.

En los últimos años estamos presenciando -sufriendo, en ocasiones- auténticas metamorfosis en la fisionomía de algunas cofradías. Cambios que suelen tener dos denominadores comunes: la música y los capataces. Pasos cuyo caminar siempre vino acompañado del son de una agrupación musical que repentinamente se desenvuelven a compás de cornetas o palios que han sustituido su tradicional estilo por un andar más sobrio y viceversa son algunos ejemplos de los que les hablo, quizá los más llamativos. Pero existen muchos otros quizá más sutiles o que escapan a la mirada del espectador menos avezado, como el modo de ataviar a una imagen procesional, la flor con la que se exorna un paso, la desaparición o la aparición de la vela rizada de una candelería, el repertorio de la banda que acompaña a los pasos de la cofradía, la eliminación de ciertos elementos del ajuar de una dolorosa o la incorporación de elementos más o menos extraños en el cortejo o en el paso. Cambios que, en la mayor parte de las ocasiones no son más que la materialización del gusto de quienes mandan, que alteran a su antojo lo que los hermanos pusieron en sus manos, evidenciando un nulo respeto por la herencia recibida transmitida de generación en generación.

El cambio por el cambio “porque yo lo valgo, soy quien manda y el cortijo es mío”, porque sé que tengo el apoyo mayoritario de quienes van a llenar el cabildo de turno, como hooligans en la grada de un estadio de fútbol o porque el consiliario, que suele ser el único que podría poner coto a determinados disparates, no se va a meter en nada de lo que haga, porque es de mi cuerda, saca rédito de muy diversas formas al hecho de yo siga gestionando el chiringuito o pasa olímpicamente de lo que se cuece entre las cuatro paredes de la casa hermandad. ¿Que me cargo la idiosincrasia de la hermandad? Todo sea por parecernos cada vez más a una cofradía de Triana o, en el otro extremo del espectro, al Valle. Total, nadie va a toser ante las decisiones adoptadas y si alguien se atreve, con decir que está atacando a su cofradía…

Las hermandades deberían poner con urgencia los medios para impedir este tipo de dislates, imponiendo que todos aquellos elementos que conforman su seña de identidad se conviertan en piezas inalterables, elementos especialmente protegidos que solamente puedan ser modificados en base a mayorías especialmente reforzadas. Este es un tema recurrente del que les he hablado en ocasiones precedentes, no me gusta repetirme, pero se me antoja tan esencial, vistas determinadas barrabasadas, que conviene hacer hincapié al respecto, de vez en cuando. Recordemos lo que dice mi admirado Julio Domínguez Arjona, más o menos con palabras similares (permítame la licencia, don Julio): “Llegará un momento en que alguna junta de gobierno o un hermano mayor pondrá un azulejo en la fachada de su casa de hermandad diciendo algo así como que nosotros -yo- gobernamos esta hermandad y lo dejamos todo como estaba, respetando lo que entregaron en nuestras manos, sin alterarlo”.

Y mientras tanto, continuarán multiplicándose fotografías perpetradas y difundidas para mayor gloria del mandamás de turno, único fin de los mil y un eventos estériles que se reproducen hasta el aburrimiento en determinadas casas de hermandad y seguirán proliferando campañas de enaltecimiento personal que deberían avergonzar a quienes las protagonizan y casi más a quienes las permiten, por acción u omisión. Todo vale con tal de estar en el candelero, bajo los focos o en el ojo del huracán: el estreno por el estreno, el fiestorro gratuito -es un decir-, la presentación de lo que sea -cualquier día alguien hará una presentación de un alfiler-, una magna o una extraordinaria detrás de otra, o el cambio por el cambio…

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