El capirote | Dejad a la audiencia en paz

Esta semana hemos acudido numerosos medios de comunicación al último número del Boletín de cofradías de Sevilla, donde dos investigadores, Alfredo Martínez González y Rafael Roblas Caride respondían a unas intervenciones televisivas llevadas a cabo en el programa Al Cielo, de 101 tv, emitidas el pasado 17 de julio.

Sitúese, querido lector, en un mes de verano, frente a la televisión, viendo cómo Jesús Romanov y Andrés Luque Teruel hablaban de la antigüedad de la hermandad de la Vera Cruz, que sería anterior a la del Silencio. Ahora, meses después, los autores arriba citados analizan en un extenso artículo datos que vendrían a refutar que es la corporación de la Madrugada la de mayor antigüedad.

En primer lugar, me llama la atención que uno de los autores acabe citándose a sí mismo -mis profesores me decían que en las publicaciones era preferible evitarse lo máximo posible-. Al margen de ello, entran en responder a las afirmaciones de los dos asiduos colaboradores. Y sacan a relucir varias obras donde se aborda la fundación de la hermandad radicada en San Antonio Abad. Por ejemplo, el artículo arriba mencionado alude a inventarios de 1728, 1740, 1756, entre otras fechas. A pesar de constar en el abstract “Reglas de 1356”, como bien conocen, nadie que esté vivo ha podido ver tal reglamento. Pero voy a dejar de lado el contenido de tal estudio -actualmente cuenta con cero citas- y me voy a centrar en el recogido en el boletín.

A mí, más allá de dimes y diretes, me sorprende que personalidades tan eruditas, leídas, inteligentísimas ambas, acaben afirmando que Al Cielo es «un programa […] que puede hacernos reflexionar hacia dónde se dirige el mundo de las cofradías». Curiosa declaración, ha tenido que llegar un espacio televisivo para hacernos reflexionar sobre el universo cofradiero. Visto así, me da la impresión de que antes todo era maravilloso. Quizá que en el programa se traten asuntos con libertad y se aborden temas que antes eran intocables pueda levantar ampollas. Manifestar que un programa nos tiene que hacer reflexionar… me apabulla. Igual es que Al Cielo nos ha hecho despertar, diría yo.

A mí lo que me lleva a reflexionar la deriva de las cofradías son por ejemplo los grupos de presión en las hermandades, las negativas de nuevas juntas de gobierno que no dejan siquiera que la anterior se despida de sus hermanos en un anuario, las que permiten que se cuelen nazarenos en las filas teniendo un lugar en tramos más cercanos a la cruz de guía. Fíjense, que una vez me encontraba yo en una iglesia, concretamente en la sacristía, sede de una hermandad muy seria, y se acercó una señora de ojos saltones vociferando, preguntándome quién era yo para estar allí, y hasta los hermanos de la corporación se sorprendieron. Actitudes así son las que me inducen a analizar el mundo de las cofradías, pero cada uno es libre de reflexionar lo que le dé la real gana, faltaría más.

No me desviaré del tema porque quiero proseguir. Doy un salto a la última parte del artículo, saltándome unos cuantos sesquipedalismos, y leo casi al final lo siguiente: «tal vez para el gran público que no lee pueda servir el histrionismo». Mi ignorancia no me permite dilucidar qué relación guardan ambos conceptos, entonces avancemos. Más adelante, «ahora, creemos que se ha caído en una chabacanería facilona completamente alejada del rigor universitario, destinada a un público voraz, consumidor de morbos y polémicas». La referencia, a mi parecer, tiene un destinatario muy claro: la audiencia que consume programas como Al Cielo.

Toda audiencia merece respeto. Tratarla como una masa homogénea es caer en el error, máxime cuando está conformada por tantos televidentes -cada vez más-, en el caso que nos ocupa. En mi artículo semanal he sido crítico con algunas actuaciones de este producto televisivo, porque así lo he creído. En esta ocasión, intento ser justo. Considero que ya está bien de cargar las tintas, sobre todo cuando se pretende culpar a quien elige ver en televisión lo que estima oportuno. Apuntar a quienes están en sus casas de querer morbo es igual que criticar al vecino cuando uno mismo es quien lo está observando.

En la intervención del pasado mes de julio se ofrecieron unos datos que ahora se rebaten -casi nadie se acordaba ya, sobre todo en una ciudad con tan profusa información-. Que Jesús Romanov y Andrés Luque se equivocasen no es óbice para comenzar a apuntar con el dedo delante de todos, sacando a relucir algunas cuestiones que no tienen que ver con la antigüedad de la hermandad -como puede apreciarse si lo leen-. Me recuerda a cuando los más avezados de la clase salían a la pizarra y cometían algún error, saltando otros a la palestra para acusarlos. Así que, dicho sea de paso, las intervenciones en aquel momento de Romanov y Luque Teruel, acertadas o no, no acaban menoscabando el amplio conocimiento con el que nos ilustran. En el aire dejo una cuestión por si alguien puede resolvérmela: ¿habríamos tenido tan extensa respuesta si se hubiera afirmado que El Silencio se fundó, por ejemplo, en el siglo II?