La procesión de San Fernando y la Virgen de Valme sirvió para reencontrarnos con la ciudad que tiene la justa medida en lo que a procesiones extraordinarias se refiere. O quizá deberíamos de hablar del modo de organizar un evento de esta magnitud y darle las gracias al cabildo catedralicio.
No fue una procesión que se viera arropada en exceso por el público, ya que uno podía seguir acompañando a la Virgen sin necesidad de estar retirado más de dos o tres filas de personas. Sobre todo en la plaza del Triunfo. Más ambiente hubo cuando se acercaba a la catedral por la avenida de la Constitución, pues cuando lo hacía cerca de las paradas del metro uno podía verla sin problema alguno.
El cortejo fue excesivo, pero pudimos disfrutar, por ejemplo, de todo un despliegue de orfebrería gracias a las cruces alzadas de las 24 parroquias que fundó Fernando III en Sevilla. Curioso fue el caso de miembros de la Cena y la Mortaja, quienes acudieron juntos recordando la extinta parroquia de Santa Lucía, cuya cruz fue la de la sede canónica de la primera de ellas.
Los vivas de los nazarenos despertaron al público en varias ocasiones, lo que ayudó a romper el frío que se vio durante la primera parte de la procesión. Hubo quien esperó otra cosa, pero el resultado fue una ejemplo de medida, sin estridencias. Lejos se quedaron los que acuden a ver un paso por los izquierdazos o por la banda de música. Y fue un respiro, porque ya tenemos en nuestra ciudad Semana Santa todo el año. Y de aquello hay tanto que sobrepasa la abundancia.
Lo de hoy fue diferente. Fue un público escogido el que pudo disfrutar de una cita histórica sabiendo que se conmemoraba el 775 aniversario de la restitución del culto cristiano. Otra cosa hubiera sido un despliegue de variopintos elementos que nos hubieran distraído de lo verdaderamente importante. Hoy Sevilla supo hacer las cosas bien hechas… o el cabildo catedral.





