A lo largo de su historia la ciudad ha vivido numerosos capítulos que han dejado mermado el ya vasto patrimonio que posee. Tanto que sería casi imposible enumerarlos sin dejarnos alguno en el olvido. Ha habido invasiones, guerras, inundaciones, incendios, desamortizaciones…
Hoy en día existen piezas de las que se conoce su procedencia, como las que cuelgan de las paredes de grandes museos de Europa y Estados Unidos. Obras de Murillo, Velázquez o Valdés Leal que fueron expoliadas y con las que se arrancó una página de la historia del arte. Otras acabaron desapareciendo, sin saber siquiera si continúan existiendo.
Por eso, cuando aparece una información relativa a la recuperación de obras que parecían perdidas siempre es motivo de satisfacción. Sobre todo si regresan al lugar en el que siempre debieron estar.
Esta semana se conocía que un señor pretendía vender un angelito que perteneció a una escultura de San Juan Nepomuceno. El dueño, desconocedor absoluto de su origen, lo había vendido a través de una página web donde uno pone a la venta artículos y adquiere pasta por ellos. Aquí es donde entra en escena el investigador Rafael Gallardo, quien descubre que ese angelito es el que en un principio se encontraba a los pies del santo. Entonces, decide contactar con la Diputación con la finalidad de salvaguardar una obra que forma parte del patrimonio sevillano.
Vaya por delante que carezco de competencias en materia legislativa -no sé si se puede denominar donación al regreso de una pieza a su lugar de origen, ya que mis conocimientos en leyes solo me dan para saber que si uno tiene un negocio debe dar de alta a sus trabajadores-, por lo que solo me limitaré a agradecer la labor que ha ejercido Rafael Gallardo haciendo lo que tendría que llevar a cabo cada historiador del arte ante tales hechos, es decir, acudiendo a las autoridades porque hay asuntos de tal envergadura que es mejor sean manejados por las autoridades.
Por esta acción, que debería ser de reconocimiento por parte de las partes implicadas -y por las que no-, al bueno de Rafael le ha caído lo más grande a través de las redes sociales. Sin ir más lejos, quienes lo vendieron ya han dado rienda suelta a lo que piensan, lo que ha acabado con la publicación de un post por parte del historiador aclarando ciertas cuestiones. En el mismo, manifiesta que “en ningún momento se buscó comisión por la venta de la obra, como dicen los donantes de la figura angelical por redes”, finalizando su intervención con una declaración de intenciones “como Historiador del Arte, mi misión es velar por el bien del patrimonio artístico y buscar recuperar la pieza”.
De toda esta historia, solo se conocen ganancias económicas por una de las partes -o se conocían- por lo que me produce estupor tal afirmación. Ojalá más personalidades formadas en Historia del Arte que tengan un profundo conocimiento de nuestro patrimonio, que velen por la riqueza que atesora la ciudad. De no haber sido por Rafael Gallardo habría sido irrecuperable el angelito que pronto regresará junto a San Juan Nepomuceno.
Mi enhorabuena desde aquí, y mi agradecimiento a la labor desarrollada por la policía, a quien animo a continuar investigando en las páginas de compraventa, donde seguro hay auténticas joyas que pueden volver al lugar para el que fueron concebidas.





