A pulso aliviao, Opinión

El cíngulo de Dios

«La fe es el antiséptico del alma» decía el poeta, periodista, humanista y enfermero voluntario estadounidense Walt Whitman. Él no era cristiano, pero su espiritualidad desbordaba cualquier límite, como puede intuirse analizando unos segundos su lapidaria frase.

La creencia en algo, divino o no divino, siempre ha sido una necesidad para el ser humano, pues hasta el agnóstico evidencia tener ese sentimiento y/o pensamiento al afirmar que no cree en nada. Pero si hablamos del católico y del cristiano, la fe en Dios como ser omnipotente, inalcanzable y todopoderoso traspasa cualquier frontera de la mente o del alma.

Y digo esto porque muchas veces los milagros pasan desapercibidos en el día a día, especialmente entre tantas malas noticias que asolan el mundo; pero están ahí, donde menos se piensa. Esos milagros son fruto del grano de mostaza que representa nuestra fe, utilizando una alegoría bíblica; y del cariño y misericordia de Dios, que son iguales que las tarifas del teléfono que tanto y mal usamos, ilimitados.

Pues la historia que voy a contarles ahora, queridos lectores, nada tiene que envidiar a la multiplicación de los panes y los peces, la Resurrección de Lázaro o el hombre que no podía caminar. Es un acontecimiento totalmente real ocurrido hace poco tiempo en la provincia de Sevilla.

El padre de un hermano de una conocida cofradía de la capital sevillana sufría desde muchos años atrás una enfermedad degenerativa que reducía progresivamente su movilidad, llegando al punto de postrarse en un sofá al no poder prácticamente ni andar.

El hombre soñó una noche con el crucificado de la hermandad, quien le dio directrices claras de los pasos que debía dar para curarse: Amarrar durante 3 días el cordón del hábito nazareno de su hijo a la Imagen del Señor en la cruz que poseía; y después colocar el cíngulo en la cintura del paciente.

Tras este proceso, y ante las pocas expectativas que habían dado los médicos a cualquier mejoraría, el padre de este cofrade recuperó absolutamente su capacidad de moverse, subiendo las escaleras y flexionando las piernas sin esfuerzo.

El hijo acudió semanas más tarde a dar gracias al crucificado, llorando emocionando por el inmenso regalo celestial que había hecho a su progenitor y a toda la familia cuando ya todo estaba perdido.

Es una contradicción que una sociedad que pide tanto y que aspira a una infinidad de tonterías materiales, solo haya necesitado en este caso el poder de la fe y un sencillo cíngulo de esparto para admirar un auténtico milagro.

Pero no es nada nuevo, porque más allá del fervor popular, las procesiones, las triduos y las veneraciones, el Señor al que rezamos fervorosamente sobre el paso o en un altar, es ése Dios Misericordioso y Omnipotente que todo lo puede, incluso aquello que solo podemos creer cuando lo vemos con nuestro propios ojos.