El cirineo | A pesar del CECOP

Es un mal que asola a todo el mundo occidental, con especial énfasis en Europa, o al menos en esa Europa subyugada a la Unión Europea. Se trata de la burocracia, el exceso de legislación, el absurdo y demencial encorsetamiento en el que nos desenvolvemos como sociedad, maniatada por normas infumables que, lejos de facilitarnos la vida, nos la complican sobremanera, destruyendo cualquier atisbo de agilidad o resiliencia.

Desde hace unos años esta enfermedad ha llegado a las cofradías. Una dolencia que, con la excusa de la seguridad, mantiene a las cofradías enclaustradas en un corralito de normativas, líneas rojas y vallas, que puede que originalmente tengan buena intención pero que en manos de incompetentes o de quienes ignoran por completo el funcionamiento de la Semana Santa se convierten en una auténtica condena por la que las cofradías transitan.

Antaño todo era mucho más sencillo. Si una cofradía debía cambiar su itinerario, por razones justificadas, lo hacía y punto. Si empezaba a llover y se decidía acortar por la calle sobre la marcha, se aplicaba la lógica y santas pascuas. Hoy, algo tan sencillo como tirar por una calle que implica un recorrido más directo para que el cortejo y los pasos puedan resguardarse de las inclemencias meteorológicas se antoja más complejo que construir un arco de Iglesia. Porque tiene que tener el ok del CECOP.

Y puede que, en ocasiones, la negativa tenga sentido. Pero en otras, carece de cualquier lógica básica. Como lo que sucedió el año pasado cuando hubo una hermandad que en lugar de callejear por calles muy complicadas pidió pasar por dos calles rectas y sin tráfico rodado, por si empezaba a diluviar. Dos calles por las que circulan muchas cofradías. La petición fue denegada. Como le fue denegado el acceso a La Merced a la Carrera Oficial de Córdoba, el pasado Lunes Santo, porque habían llegado veinte minutos antes de la hora prevista, haciendo un esfuerzo sobrehumano, para resguardarse de la inminente lluvia en la Santa Iglesia Catedral y el dispositivo del CECOP no estaba preparado. Diez minutos estuvo esperando la Merced, en medio de la incertidumbre, y obstaculizando a La Estrella, que venía detrás, a que tuviera permiso para transitar por el itinerario común.

Y todo en aras de una seguridad que, a veces ha brillado por su ausencia. Este año, sin ir más lejos, hemos visto coches circulando por unas abarrotadas calles Deanes y Conde y Luque a escasos minutos de que llegase la cruz de guía de una cofradía, con el grave riesgo que ello implica. ¿Imaginan que en lugar de ser pacientes conductores hubiesen sido locos como los que se han visto cometer barbaridades en otros puntos de la geografía europea?

Hemos presenciado como se autorizaba el paso de una cofradía por un enclave justo por donde salía otra, obligando a una banda a abrirse por la mitad, arrinconando al público, para que la primera pasara por donde salía la otra. Hemos visto pasillos, supuestamente habilitados para que Cruz Roja pudiera atravesar la carrera oficial para atender alguna llamada, obstruidos con palets con bridas porque era más importante que los niños no entrasen alli a pedir estampitas que la barbaridad de que los efectivos sanitarios tuviesen que dar un gran rodeo para llegar a su destino. Y hemos visto como los pasillos de evacuación de la carrera oficial se saturan con una facilidad pasmosa, haciendo imposible cualquier evacuación, porque no es políticamente correcto que a las calles por las que discurre el itinerario común solo accedan los abonados, para que no se masifique.

Pero mucho peor que todo esto, que, en mi opinión, en modo alguno merece una felicitación y mucho menos la autocomplacencia, es la creciente sensación de que las cofradias son, cada vez más, unos meros convidados de piedra en toda la parafernalia que rodea lo sustancial. Unos simples actores, sin voz ni voto, ni capacidad de maniobra. Reducidas a ser los titiriteros que se desenvuelven en la pista circense. Y esto es inconcebible.

Que la seguridad es imprescindible está fuera de toda duda, pero no a costa de la propia Semana Santa ni de sus cofradías. No es tolerable que las hermandades ni siquiera puedan decidir con libertad sus itinerarios y sus horarios, que están sometidos a la decisión implacable del CECOP. No es de recibo que se multipliquen las calles aforadas, vacías o semivacías, vallas impidiendo el paso de cofradías y personas, atrapadas en auténticas ratoneras. O tener que presenciar a policías fuera de sí, empujando al público entre gritos y malos modos. Y, por cierto: la gente, el público, no es el problema, la bulla nunca ha sido un problema. La bulla fluye y se adapta. Cuando es imposible que fluya es cuando se encuentra encajonada entre vallas y obstáculos. Ahí es cuando la masa se convierte en peligrosa.

Seguridad sí, pero con cordura, sin maniatar la Semana Santa y sin diluir su propia esencia. Las cofradías tienen que volver a recuperar el control y el poder de decisión. Solas o en compañía de sus respectivos Consejos o Agrupaciones. Y volver a implementar la lógica, fundamentada en el conocimiento de qué es la Semana Santa y cómo funciona. Para gestionarla, el CECOP tiene que estar conformado por personas que sepan de seguridad, pero también de cofradias. Personas con formación. De lo contrario, siempre tendrá una grave carencia que provoca decisiones ilógicas y alejadas de las que necesitan las hermandades y será una institución, no solo inservible sino perjudicial para las cofradias. De lo contrario la Semana Santa seguirá saliendo bien, seguirá siendo un éxito, a pesar del CECOP.