El cirineo | Analfabetos funcionales con una vara en la mano

Siempre he tenido la certeza de que existe un elevado porcentaje de la población que, aunque aparenta saber leer, no comprende lo que lee. Parecen lectores, porque son capaces de concatenar símbolos —esas letras que configuran las palabras—, pero carecen de toda dimensión semántica que les permita penetrar en el sentido profundo de un texto. Son incapaces de interpretar conceptos complejos, y mucho menos de descifrar expresiones de doble sentido o construcciones irónicas. Quizá la culpa recaiga en los sucesivos experimentos legislativos en materia educativa, que han terminado por convertir a la sociedad en un magnífico conglomerado de idiotas funcionales, perfectamente alfabetizados pero intelectualmente inertes.

De ahí que cada vez resulte más habitual —y más sonrojante— encontrarse con individuos que acusan al periodista de escribir al dictado por el simple hecho de preguntar, o que se ofenden porque un entrevistado responda con sinceridad “lo que le sale de los cojones”, culpando a quien interpela y no a quien contesta. También proliferan quienes se indignan ante un elogio empalagoso, incapaces de advertir que la exageración deliberada no pretende halagar, sino ejercer la ironía más evidente. Yo siempre lo he dicho: estamos aquí para contar y opinar, no para enseñar a leer a quienes jamás aprendieron a comprender.

Si has leído que alguien que se presenta a la reelección ha conseguido unir a todos los sectores de una organización cuyos miembros se abrazan y se besan con entusiasmo, que la entidad vive una etapa idílica, con angelitos correteando por las esquinas y pétalos de rosa cayendo del cielo; y lo has entendido literalmente, creyendo que todo es un cuento de hadas corporativo, permíteme que te diga que andas escaso de comprensión lectora.

Porque, si sabes también que esa misma persona ha provocado dimisiones, ha expulsado a otros movida por la envidia o el resentimiento, ha sustituido a los válidos por serviles e inútiles, y que tras esa apariencia de armonía y sonrisas impostadas se esconde una guerra civil soterrada, con familias enfrentadas, nombramientos legalmente ambiguos, cuentas bajo la lupa y venganzas personales convertidas en método de gobierno, entonces sabrás que el texto, bajo su aparente dulzura, esconde una denuncia. La exageración de un mundo feliz no es una celebración ni un elogio: es una radiografía de la miseria.

Pero si además eres de los que mandan, de esos que creen que su permanencia en el cargo responde a un presunto derecho divino en el que sólo los idiotas pueden creer, y piensas que semejante torrente de almíbar te ha sido dedicado como elogio, entonces no solo padeces un problema grave de comprensión lectora: eres, sencillamente, un imbécil integral. Por mucho ego que uno tenga, debería poseer al menos la lucidez de reconocer el daño causado, las fracturas abiertas, el rencor sembrado, y entender que las facturas que ahora cobra son la revancha de un alma mezquina contra quienes durante años trabajaron por sostener la casa, mientras otros solo se preocupaban de lucir impecables en la fotografía.

Esa casa, otrora viva, hoy se vacía de voces y de miradas nobles, sustituida por un clima de sospecha, tristeza y una repugnante caza de brujas. Todo con un único fin: perpetuarse en el sillón, aunque para lograrlo haya que convertir en un erial lo que ya es un terreno baldío. Pero esas venganzas son boomerangs morales: terminan volviéndose contra quien las lanza. Porque cuando uno llena una pecera de pirañas, acaba devorado por su propio acuario.

Nada es sostenible cuando sobra hasta quien debe guiar al rebaño y se conspira para expulsarlo del redil, con la intención de colocar en su lugar a un pastor obediente y servil, dispuesto a reír las gracias y aplaudir las juergas. Y es que no hay mayor síntoma de podredumbre que el de una autoridad que estalla en ira al saber que alguien desea reconstruir lo que ella misma ha destruido, amparándose en un supuesto derecho heredado que solo existe en su mimada mente infantil y lerda. ¿Se entiende ahora?

Y si, después de todo esto, no es consciente del desastre que ha causado, que nadie desespere: aquí estaremos para recordárselo. Sin metáforas ni ironías, ya que algunos carecen de la capacidad para entenderlas. Y siempre que sea factible, lo diremos con la claridad suficiente para que lo comprendan hasta los lápices menos afilados del lapicero. Esto no ha hecho más que empezar. Abrochaos el cinturón, queridos niños, que la tormenta aún no ha tocado tierra.