El cirineo | Bestiario de la mediocridad cofrade

Desde que existe Gente de Paz suelo repetir una frase que algunos interpretan como una broma y que, sin embargo, encierra una enorme dosis de realidad: mi vida ha cambiado. Antes conocía únicamente las miserias de mi hermandad; ahora tengo el dudoso privilegio de conocer las de casi todas. Es uno de esos efectos secundarios que nadie advierte cuando uno decide asomarse al escaparate de las cofradías con vocación periodística. Porque las imágenes devocionales permanecen inmutables, los titulares cristíferos siguen irradiando la misma grandeza y las advocaciones marianas continúan derramando belleza, pero alrededor de ellas gravita una fauna de personajes que convertiría cualquier tratado de zoología en una obra incompleta. Y conviene dejar claro desde el principio que aquí no se habla de todos los cofrades. Ni muchísimo menos. Se habla únicamente de esos individuos que hacen del poder una religión, de la mediocridad un modo de vida y de la vanidad un sacramento. Conviene aclararlo para evitar susceptibilidades interesadas: esta relación de personajillos representa precisamente la parte rechazable de esa fauna cofrade. Afortunadamente, el universo cofrade está formado, en su inmensa mayoría, por personas extraordinarias, entregadas, generosas y de una calidad humana que compensa con creces la obligación de soportar, de cuando en cuando, a esta gentuza. Precisamente porque existen tantos cofrades admirables resulta necesario señalar el cáncer cuando aparece, antes de que termine confundiendo a quien observa desde fuera.

Ahí aparece, por ejemplo, el cacique soberbio, siempre obsesionado con acumular poder, convencido de que la autoridad consiste en inspirar miedo antes que respeto. Un pequeño señor feudal, un miserable tirano, que administra afectos y castigos con la desenvoltura del déspota que jamás ha aprendido que el Evangelio habla de servicio y no de dominación. Su mayor habilidad consiste en rodearse de pobres desgraciados sin criterio propio, personajes dóciles, agradecidos por cualquier migaja de atención y felices de ejercer como permanentes palmeros del poderoso. Después llega el meacolonias, quizá uno de los ejemplares más insoportables de esta fauna. Ha alcanzado cuanto posee a fuerza de arrodillarse con admirable perseverancia, tragando cuanto fuera necesario para escalar un peldaño más. A veces lo ha conseguido personalmente; otras, gracias a predecesores que dejaron cuidadosamente colocada a toda la prole. Lo verdaderamente fascinante es que, una vez instalado, se transforma en un engreído de manual. Camina convencido de que una vara dorada constituye un título nobiliario, de que un nombramiento equivale a una ejecutoria de hidalguía y de que el resto del universo debe contemplarlo con admiración reverencial. Mira por encima del hombro a quienes poseen infinitamente más talento, más formación y más dignidad que él, ignorando que su única cualidad demostrable ha consistido en saber doblar la cerviz en el momento oportuno. Son esos personajes pagados de sí mismos que confunden el cargo con el mérito y la cercanía al poder con la excelencia personal. Les acompaña el trepa, variante especialmente resistente, cuyo talento consiste en detectar dónde reside el poder para instalarse a su sombra. Ni siquiera aspira a ejercerlo; le basta con vivir cerca de él, como esos bufones que confundían la proximidad al trono con la grandeza personal.

No menos pintoresco resulta el falso humilde, probablemente uno de los ejemplares más difíciles de identificar porque ha perfeccionado el arte del disfraz. Se pasea permanentemente a lomos de su propia mediocridad mientras proclama humildad con estudiada solemnidad, repartiendo elogios con la boca pequeña y esperando recibir a cambio el aplauso unánime que considera un derecho adquirido. Su modestia no pasa de ser un sofisticado parapeto tras el que esconde una soberbia descomunal. A escasa distancia suele encontrarse el propagandista, presunto periodista incapaz de encontrar al hombre que muerde al perro aunque lo tenga ladrando a escasos centímetros de su incompetencia profesional. Como el periodismo exige independencia y talento, decidió hace tiempo sustituir ambos por obediencia y supervivencia. Vive de quienes necesitan un altavoz dócil, recoge con entusiasmo las migajas informativas que otros desechan y confunde la propaganda con el oficio. Publica lo que conviene, silencia lo que incomoda y vende como exclusivas los restos del banquete ajeno mientras intenta convencerse de que todavía ejerce una profesión que abandonó hace mucho tiempo.

Entre las especies más peligrosas destaca el indigente mental, porque necesita desesperadamente las hermandades para otorgar sentido a una existencia incapaz de sostenerse por sí misma. Fracasado en demasiados ámbitos de su vida, convierte la cofradía en el único escenario donde puede sentirse alguien. Y precisamente por eso resulta temible: porque quien depende absolutamente de una parcela de poder está dispuesto a cualquier cosa con tal de conservarla. A su lado suele aparecer el odiador profesional, incapaz de construir nada que no sea resentimiento. Vive sembrando basura porque confunde la crítica con el insulto y la libertad con el odio. En realidad no desprecia a quienes ataca; los envidia. Completa el catálogo el mentiroso, experto en abrazar como Judas mientras calcula el momento exacto para clavar el puñal. Adula hasta la náusea a quien considera útil y, una vez agotado el provecho, transforma la admiración en insulto con la naturalidad de quien jamás ha conocido la lealtad.

No puede faltar tampoco el pequeño censor de campanario. Ese personaje profundamente soberbio que ha terminado creyéndose propietario de una hermandad que únicamente administra de forma pasajera. Incapaz de aceptar una crítica o de reconocer que puede equivocarse, convierte la institución en su particular cortijo y utiliza cuantos mecanismos tiene a su alcance para intentar silenciar a quien osa decirle las verdades a la cara. Niega comunicados, cierra puertas, reparte vetos y administra el acceso a la información como si ejerciera un derecho de propiedad sobre ella. Ignora, quizá porque jamás lo entendió, que censurar una voz crítica no convierte automáticamente esa voz en falsa. Lo único que demuestra es el miedo de quien carece de argumentos para responderla. Porque quien tiene razón no necesita censurar; le basta con demostrarla. Quien recurre al silencio impuesto suele hacerlo porque sabe, en el fondo, que la realidad no juega precisamente a su favor. Y, cómo no, el eterno presunto artista renacentista, convencido de saber de todo sin dominar absolutamente nada, ocultando su incultura tras una inagotable verborrea y una violencia verbal directamente proporcional a la pobreza de sus argumentos.

Probablemente existan muchas más especies que merecerían figurar en este pequeño catálogo de supervivencia cofrade. Tal vez ustedes mismos hayan identificado ya a varios ejemplares mientras avanzaban por estas líneas. Incluso puede que alguno reúna simultáneamente las cualidades del trepa, del propagandista, del falso humilde, del mentiroso y del odiador profesional, demostrando que la naturaleza posee un sentido del humor verdaderamente inagotable. Lo verdaderamente preocupante no es que todos ellos existan; personajes semejantes han acompañado siempre a cualquier organización humana. Lo inquietante es comprobar hasta qué punto algunos han conseguido hacerse visibles mientras quienes trabajan con honestidad, discreción y verdadero espíritu cristiano permanecen casi siempre en silencio. Quizá por eso convenga recordar que las hermandades siguen siendo infinitamente mejores que algunos de los individuos que ocasionalmente las ocupan. Porque las imágenes permanecen. Los Evangelios permanecen. La fe permanece. En cambio, toda esta fauna de figurantes convencidos de ser imprescindibles —¿a cuántos de estos especímenes reconoces?— termina desapareciendo con la misma rapidez con la que se marchitan los aplausos que tanto persiguieron, aunque no conviene olvidar que, en el camino de su propia autodestrucción, suelen provocar un daño incalculable que pagamos todos.