La crisis ha llegado. Algunos lo veníamos advirtiendo desde hace mucho en nuestro círculo más cercano. Las vacas flacas iban a llegar. Y ya están aquí. Varias son las hermandades que se están quedando sin candidato a hermano mayor o continúan navegando con un candidato más o menos forzado a seguir remando… por responsabilidad. Pocos quieren dar el paso, por hartazgo, miedo o desidia. Y estoy plenamente convencido de que esta tendencia irá en aumento. ¿Cuáles son las causas? Entiendo que la coexistencia de múltiples factores.
Muchas cosas influyen, pero la conversión de algunas hermandades en auténticos cortijos es una de ellas. Décadas en las que el poder se ha ido repartiendo entre familiares y amigos hasta que la lista se ha agotado, unido al nulo interés porque se incorpore savia nueva al proyecto, no vaya a ser que alguno de los nuevos sienta deseos de llevar la vara dorada y nos quite nuestro juguete, han provocado un peligroso caldo de cultivo que ha mutado en un desierto.
La consecuencia es clara: la pérdida de personas con gran capacidad que si alguna vez sintieron la llamada de la selva y tuvieron la osadía de adentrarse en ella, se marcharon hartos de las dentelladas de fieras de distinto pelaje. Y generaciones enteras de hermanos que forman parte de la hermandad de manera testimonial. Atrás quedaron las hermandades llenas de familias enteras (salvo las que dirigen los cortijos) en las que los padres enseñaban a sus hijos a ser cofrade como aprendieron de sus mayores, propiciando una secuencia continuada y un relevo natural.
Ahora, los niños no aprenden a ser cofrade jugando en las casas de hermandad y no las consideran su hogar. Y como no la consideran de este modo, no les duele como nos dolía. Por eso si nadie del equipo dirigente o su círculo más cercano da el paso o existe una oposición bien estructurada (un caso muy minoritario) las hermandades corren el riesgo de quedar huérfanas, sin nadie que opte a llevar el timón.
Porque, ¿quién va a perder su tiempo libre o el tiempo que dedican a sus familias (no olviden que participar en una cofradía no es más que un hobby, aunque algunos lo hayan convertido en sus vidas) para chuparse montajes de pasos, casetas de feria, cruces de mayo, campañas varias para bordar lo que sea que se esté bordando o avanzar en el paso de misterio y lidiar con el ego infantil de personajillos que se creen muy importantes por ejercer la priostía, poner flores, ser capataz, director de una banda o simplemente costalero?
La mayor parte de las personas normales que, insisto, ya no consideran la casa hermandad parte de su vida, porque no la han habitado desde niños ni han heredado el amor por la hermandad de sus padres, pensarán «que lo soporte otro», que es mucho más cómodo salir de nazareno, acudir a los cultos cuando se pueda y poco más. Que otro palo aguante la vela. Que no compensa, vaya.
Y mucho menos cuando la hermandad lleva años sumida en el drama de una guerra fratricida que ha provocado que decenas de hermanos, a los que sí les dolía de verdad la hermandad, se hayan autoexiliado, hasta las mismísimas narices de aguantar a los terratenientes de turno y a sus palmeros, que han hostigado a todo aquél que no les ha bailado el agua y han terminado por cargarse la hermandad. Porque, para el líder, débil y acomplejado, era mucho más importante perpetuarse en el poder aunque ello supusiera echar del cortijo a quienes le pudieran hacer sombra y llenar de cadáveres la cuneta. De la culpa que tienen muchos curas, presuntos directores espirituales, cómplices muchas veces, hablaremos otro día.
Ya hay varias hermandades que están sufriendo las consecuencias (no digo que todas las que están en esta situación sea por esto que les digo, pero sí algunas), y pronostico que serán más. Y les anticipo que veremos más juntas gestoras en los próximos años. El horizonte no es nada positivo. Hay un número considerable de hermandades (casi todas) que están dirigidas por un número menguante de personas, que no han echado los dientes en la hermandad y a las que, por tanto, no les duele prácticamente nada.
¿Soluciones? Tal vez la única solución pase por no cargarse el capital humano que compone las hermandades, no sembrar odio entre las personas, recuperar a quienes se fueron, si es que aún están dispuestos a regresar, y volver a convertirlas en un entorno amable en el que las familias vuelvan a ser una realidad cotidiana. Aunque tal vez sea tarde y debamos prepararnos para ver como algunas hermandades en crisis terminan derivando en una disolución.





