Recuerdo las veces en que he caído de rodillas, doblegado por el peso inexorable de la vida, enfrentando circunstancias que parecían destinadas a quebrantar incluso mi innata rebeldía. Recuerdo cómo he sentido en carne propia la fuerza de un huracán implacable, cómo las decisiones erróneas que tomé, los caminos que escogí y las manos que extendí en busca de colaboración sincera me llevaron a batallas que ya no eran mías, sino la supervivencia de un hogar que otros devastaron con el único propósito de medrar, de disfrazar con ornamentos superfluos la miseria que ellos mismos saben que define sus propias vidas. Recuerdo haber confiado en quienes no debía, haber creído en promesas que no eran más que espejismos, y sentir cómo el desaliento profundo se apoderaba de mi espíritu.
Recuerdo también las otras veces, las ocasiones en que, aun abatido, hallé fuerza en lo más profundo de mis huesos. Recuerdo cómo, desde el desierto de la adversidad, he llamado y, como un Don Quijote contemporáneo, he alzado la lanza contra molinos de viento que se presentaban como gigantes insuperables. Recuerdo haber proclamado, con voz quebrada pero firme: “No podrán conmigo ni con lo que creo”, tras advertir a la sociedad que mi límite no residía en el cansancio, sino en la pérdida de sentido. Ese soy yo: el yo que me enorgullece, el yo cuya valentía, a veces excesiva, casi suicida, le permite levantarse una y otra vez, incluso ante tormentas de odio, venganza y vergüenza que se perfilan en el horizonte y cuya gestación solo algunos alcanzamos a advertir, o cuyo advenimiento solo a unos pocos parece importar.
No importa si dispongo de apoyo o si carezco de él, si recibo ayuda o si debo enfrentar solo la injusticia; nací para combatir, para confrontar a quienes desprecian mi paz, y aquí permaneceré, hasta el final. Aunque pierda mil batallas, aunque quienes necesitan ayuda la rechacen, aunque mi voz se reduzca a un lamento arrastrado por un desierto interminable, seguiré en pie. Porque llevo medio siglo luchando, y no he aprendido otra forma de vivir que no sea en la resistencia consciente, en la paciencia inagotable y en la humildad plena de quien no aspira a más que lo que ya posee: su libertad.
Sigo soñando con que mi hogar no vuelva a transformarse en un infierno de ira y desolación, con que la paz no se convierta de nuevo en pesadilla, con que la vida, pese a todo, conserve un espacio donde la esperanza tenga voz y donde mis batallas, por arduas que sean, merezcan ser libradas con dignidad. Y así, mientras conserve un aliento, mientras pueda sostenerme sobre mis propios pies, persistiré, aunque no quieran escucharme, enfrentando tormentas y gigantes, con la certeza de que caer no equivale a rendirse, y de que levantarse, aun con el cuerpo exhausto y el espíritu herido, constituye siempre el acto de coraje supremo.





