Hay un instante casi secreto, un punto exacto del calendario emocional, en el que el cofrade empieza a acelerar el pulso mientras aún suenan villancicos. No es desafección ni prisa impía; es simplemente conciencia del tiempo propio. Porque cuando Baltasar comienza a alejarse y su figura se recorta de espaldas entre los últimos destellos de la ilusión infantil, sabemos que el corazón cambia de ritmo. Ese gesto, tan sencillo y tan simbólico, marca el final de una etapa y el comienzo de otra que nos define con mayor hondura.
No renegamos de la Navidad, que también nos habita. Pero el alma cofrade se rige por un calendario distinto, uno que no se imprime ni se cuelga en la pared, sino que se siente en la piel. Cuando se apagan las luces festivas y el frío deja de ser decorado para convertirse en compañero que paulatinamente nos abandona, empieza lo nuestro. Y lo nuestro no entiende de pausas largas ni de silencios estériles: entiende de espera fecunda, de preparación, de ese nervio íntimo que se activa cuando el año se inclina hacia la primavera.
Por eso estamos deseando ver la espalda de Baltasar. Porque tras ella llegan los ensayos de costaleros, esos encuentros nocturnos donde el suelo cruje, el aire se vuelve espeso y la cuadrilla vuelve a ser familia. Bajo el paso no solo se entrenan cuerpos: se afianzan lealtades, se curten silencios y se renuevan promesas. Cada chicotá ensayada es un diálogo mudo con lo que vendrá, una forma de rezar con los pies clavados en la tierra.
Y llegan también los últimos ensayos de las bandas, afinando no solo instrumentos, sino emociones. Las marchas vuelven a sonar en locales humildes o en plena calle invernal, cargadas de una solemnidad que aún no es cofradía, pero ya apunta maneras. Son notas que se quedan flotando en la memoria, anticipando lo que pronto estremecerá balcones, plazas y esquinas con siglos de historia acumulada.
Después aparece uno de los rituales más íntimos y, sin embargo, más multitudinarios: el reparto de túnicas. No es una entrega de tela, es una transmisión de sentido. Cada túnica guarda dentro sacrificios invisibles, historias familiares, silencios heredados y promesas que no siempre se dicen en voz alta. Vestirse de nazareno, ponerse el hábito, es asumir una identidad que trasciende al individuo y lo disuelve en una comunidad que camina unida.
Conforme avanzan las semanas, los cultos cuaresmales comienzan a marcar el pulso del tiempo. Las iglesias se llenan de una luz distinta, más sobria, más contenida, y las palabras adquieren un peso específico. La fe se hace recogimiento y los Vía Crucis sacan a la calle una oración lenta, grave, que convierte cada adoquín en estación y cada silencio en respuesta.
Todo conduce, sin remedio, hacia el día más esperado. El Domingo de Ramos, cuando Andalucía estrena sonrisa como quien se reconoce en el espejo y se gusta. Ese día en el que la primavera no pide permiso y estalla como un vergel por los cuatro puntos cardinales de esta tierra nuestra. Aunque el calendario diga otra cosa, ese día florece el alma colectiva, y la alegría se convierte en lenguaje común.
Porque estas son las cofradías que nos gustan de verdad. Las que no entienden de urgencias modernas ni de atajos extraordinarios, las que se saben herederas de una historia larga y paciente. Las que se alumbran con la luna de Nisán, conscientes de que su raíz es tan antigua como viva. Las que florecen a la luz temblorosa de miles de cirios, de nazarenos que inundan las calles de cera derretida, dibujando ríos blancos por los que navega la emoción.
El aire se vuelve distinto. El azahar lo impregna todo, invisible y omnipresente, abrazando fachadas, plazas y recuerdos. Cada centímetro de nuestras calles parece enamorado de su propia historia, consciente de que está siendo escenario de algo que no se repite nunca igual, aunque ocurra cada año. Pasión, fe, cultura y memoria se funden en una liturgia popular que no se explica: se vive.
Por eso, sin culpa y con una sonrisa cómplice, decimos corre, corre Baltasar. No por desapecho -ya sabes que te queremos-, sino porque detrás de ti nos espera lo que somos. Déjanos el camino libre para volver a encontrarnos con nuestra esencia, para sentir de nuevo que pertenecemos a algo más grande, más antiguo y más profundo. Porque cuando tú te marchas, Andalucía empieza a soñar despierta, y los cofrades, inevitablemente, sabemos que ya estamos de vuelta en casa.
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