El cirineo | Dueño de los silencios y esclavo de las palabras

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En los últimos días he presenciado uno de esos ejercicios de incongruencia que, sencillamente, escapan a mi comprensión. No, no voy a hablarles del necio recurrente que lleva dos décadas rebuznando chorradas ocasionales y que, envuelto en esa asquerosa soberbia que suelen destilar los inútiles, pretende decidir quién tiene derecho a opinar y quién no en función de poseer un determinado título universitario, después de haber menospreciado públicamente a tres enormes artistas de primer nivel, poseedores de un currículum profesional que este personaje prescindible jamás podría siquiera soñar alcanzar. A todos ellos les ha faltado al respeto con una suficiencia que únicamente puede explicarse desde una podredumbre moral directamente proporcional a su manifiesta incompetencia. Lo verdaderamente pintoresco es que lleva años pontificando sobre asuntos de índole musical sin disponer del mismo respaldo académico que exige a los demás cuando se trata de opinar sobre otras artes. Pensaba dedicarle estas líneas, pero cuando me he sentado frente al metafórico papel en blanco he comprendido que se trata de un personaje que me produce un aburrimiento tan profundo que apenas me alcanza para reírme de él de vez en cuando en las redes sociales. No merece el privilegio de ocupar una columna entera. Sin embargo, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, sí quiero detenerme en otro ejercicio de contradicción todavía más llamativo, precisamente porque su protagonista es alguien por quien siento una elevada estima profesional. El otro no deja de ser un palurdo; prepotente, sí, pero, al fin y al cabo, un palurdo.

Resulta que un profesional muy conocido dentro de una determinada disciplina artística decidió denunciar públicamente una situación profundamente injusta que, según explicaba, estaba padeciendo el colectivo al que pertenece. Y subrayo lo de públicamente, porque no se trató de una conversación privada ni de un comentario realizado en un ámbito restringido, sino de una reflexión publicada de manera abierta en su perfil de Facebook. Como es lógico, y precisamente porque se trata de un personaje público cuya actividad y cuyas opiniones despiertan interés, y porque además la denuncia nos pareció plenamente justificada, en este medio decidimos hacernos eco de sus palabras. Hasta ahí, nada extraordinario. Lo verdaderamente sorprendente llegó pocas horas después, cuando el propio protagonista se puso en contacto con nosotros para rogar encarecidamente que retiráramos la noticia. Su petición —y debo reconocer que formulada con una exquisita educación, muy lejos de las formas del inútil con el que comenzaba esta columna— obedecía a un argumento tan sincero como desconcertante: había publicado aquella reflexión únicamente con la intención de que la leyeran sus amigos de Facebook, nadie más.

Y ahí es donde aparece la contradicción. Porque quien escribe en un espacio público siendo un personaje público debe asumir, con absoluta normalidad, que aquello que decide hacer público puede convertirse en noticia cuando reviste interés informativo. De hecho, la propia petición contenía una paradoja difícil de ignorar. Nos ofrecía realizar una entrevista «para hablar de todo un poco», aunque nos pedía expresamente que aquel asunto no fuera el tema principal. Y, desde el respeto que sinceramente le profeso —razón por la que deliberadamente omito su nombre; al otro no lo nombró para no darle una importancia de la que carece—, esa propuesta encierra una incongruencia evidente. Una entrevista se concede precisamente porque existe un interés público sobre quien la concede. Si uno reconoce esa condición hasta el punto de ofrecer conversar con un medio, resulta difícil sostener al mismo tiempo que una reflexión realizada libremente en un perfil abierto únicamente pretendía alcanzar a un reducido círculo de amistades. ¿En calidad de qué interesaría entonces esa entrevista? ¿De ciudadano anónimo? Evidentemente, no.

Existe además una segunda cuestión que me resulta igualmente difícil de comprender. Si aquello que se denunció era suficientemente importante como para hacerlo público, ¿por qué apenas unas horas después surge la necesidad de rebajar su alcance? ¿Por qué intentar minimizar aquello mismo que voluntariamente se había amplificado? Los medios deportivos llevan décadas haciéndose eco de publicaciones realizadas por futbolistas, entrenadores o deportistas de élite en sus perfiles personales de redes sociales. Lo hacen porque quienes las escriben son personajes públicos y porque aquello que deciden compartir trasciende, precisamente por esa condición, el reducido ámbito de sus amistades. Nadie puede sorprenderse de un mecanismo que constituye una práctica habitual del periodismo contemporáneo. Otra cosa muy distinta sería manipular unas declaraciones o descontextualizarlas. Pero cuando se reproduce fielmente aquello que alguien ha decidido hacer público, difícilmente puede sostenerse que el problema resida en quien informa.

A veces olvidamos que las redes sociales no son el salón de casa. Son, en muchas ocasiones, el mayor escaparate público del que dispone una persona conocida. Y cuanto mayor es la notoriedad, mayor resulta también la responsabilidad sobre aquello que se publica. Porque la condición de personaje público no se activa únicamente cuando interesa promocionar un proyecto, conceder una entrevista o difundir una iniciativa. También acompaña cuando se decide denunciar una injusticia o expresar una opinión de relevancia. Ambas facetas son inseparables. La visibilidad ofrece ventajas, pero también exige asumir determinadas consecuencias que forman parte del mismo contrato implícito que uno acepta cuando desarrolla su actividad delante del público.

No escribo estas líneas desde la crítica personal, ni mucho menos desde el reproche. Quien me conoce sabe bien el respeto profesional que siento por este artista y la admiración que sigo profesándole. Precisamente por eso me sorprendió tanto esta reacción. Porque además de ser un magnífico profesional, conviene aspirar siempre a ser profundamente congruente. La coherencia no consiste únicamente en defender causas justas, sino también en aceptar con naturalidad las consecuencias que se derivan de hacerlo públicamente. Al fin y al cabo, existe una vieja máxima que nunca pierde actualidad: uno siempre es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras. Sobre todo cuando decide pronunciarlas delante de todo el mundo.