Nos hemos habituado, quizá con una docilidad alarmante, a que cualquier papanatas con un título colgado en la pared se arrogue el derecho de sentar cátedra desde un púlpito de supuesta infalibilidad, sin que nadie ose contradecirlo. Todo ello suele ocurrir bajo el manto protector de un corporativismo obsceno, resumido en la vieja máxima de que perro no come perro, donde la crítica se percibe como traición y el silencio como virtud.
Afirmar, pontificar y repetir sin rubor que la presencia del Cachorro en Roma constituye la cumbre histórica de las cofradías de Sevilla no es solo una hipérbole desmedida: es una afirmación tan absurda como falsa, impropia de quien pretenda exhibir el más mínimo rigor intelectual. A pesar de la salida del Cristo de la Expiración desde una carpa —a mi juicio claramente indigna—, fue un acontecimiento histórico muy hermoso que propició un gran número de imágenes bellísimas, pero ya está. Semejante exageración indefendible solo puede sostenerla un hooligan —hay muchos en cofradías— o un paniaguado, alguien acostumbrado a vivir del dinero de todos mientras se dedica a dorar la píldora al poderoso con la misma intensidad con la que desprecia e insulta al débil.
Hablamos de un sujeto tóxico, cuya figura ha quedado parcialmente eclipsada en los últimos tiempos por niñatos que compiten con él en toxicidad, aunque sin alcanzar aún el necesario nivel de podredumbre para situarse en lo más alto del escalafón. No merece la pena enumerar uno por uno los hitos históricos que conforman la trayectoria de las cofradías sevillanas: la evidencia es tan abrumadora, tan incontestable y tan rotunda que solo un necio podría negarla sin sonrojo. Por eso no se lo pondremos tan fácil al adulador profesional. Que trabaje un poco. Que se esfuerce. Que, entre croqueta y croqueta, tenga a bien leer algún libro, por variar, antes de seguir repartiendo sentencias huecas disfrazadas de análisis.
Más allá de que a cualquier hijo de vecino pueda agradarle ver a su imagen procesionar por una ciudad como Roma, lo cierto es que el acontecimiento, en sí mismo, dejó mucho que desear. Y lo que resulta aún más grave: su dimensión evangelizadora, que debería ser la razón última de la presencia pública de las cofradías, fue prácticamente inexistente. Porque las hermandades no salen a la calle para rellenar horas de parrilla en Canal Sur, sino para anunciar un mensaje, y en este caso ese mensaje brilló por su ausencia.

Si procesionar por avenidas que nada tienen que ver con el Vaticano ha de considerarse la cima del fenómeno cofrade, ¿cómo deberíamos entonces catalogar la presencia del paso de palio de la Virgen del Mayor Dolor de la Hermandad de los Escolapios en la plaza de San Pedro? ¿Que el Cachorro y la Esperanza estuvieron en el interior del templo? Nadie lo niega. Pero tampoco puede negarse que aquello supo a premio de consolación, tras no haber podido reproducir lo que logró la dolorosa granadina, que era lo que algunos buscaban a toda costa, aunque lo nieguen en público.
Por más que ciertos personajes se empeñen en repetir una mentira con la esperanza de que la reiteración la transforme en realidad, los hechos permanecen tozudos. Más allá de sevillanos, malagueños y leoneses —estos últimos sistemáticamente olvidados por nuestro empleado estrella, para disgusto de algunos a quienes molestó sobremanera que el Nazareno de León viajase a Roma—, el número de espectadores, me cuesta calificarlos siquiera como fieles o devotos, fue sencillamente ridículo.
Eso sí, acudieron los políticos, muchos de ellos —demasiados, como siempre— pagados con dinero público, y acudieron también él y sus compis, igualmente a sueldo de todos. Otros, en cambio, estuvimos presentes gracias a la colaboración desinteresada de cofrades que se costearon el viaje de su propio bolsillo. Supongo que para esto está la radiotelevisión pública: para pasar unos días de vacaciones en Roma a nuestra costa y, de paso, ridiculizar a quienes no disfrutan del privilegio de que sus sueldos, dietas y desplazamientos salgan de los impuestos comunes.
Le joda o no le joda a nuestro primo por parte de madre, el supuesto éxito de la presencia del Cachorro —ya olvidado por la mayoría— fue entre nulo e inexistente, pese al esfuerzo denodado de las plataformas mediáticas oficialistas por vender lo contrario. Como también fue una mentira sin paliativos la presunta presencia del Papa ante el crucificado, una falsedad inventada desde la organización y amplificada o convenientemente no desmentida por quienes, aun sabiendo que era falsa, optaron por callar.
Ese silencio cómplice constituye un ejemplo palmario de prostitución informativa que debería avergonzar a cualquiera que conserve un mínimo de decencia profesional. Pero el problema ya no es solo la mentira ni su difusión interesada, sino la normalización de la indignidad como método y del servilismo como carrera. Mientras se siga confundiendo propaganda con periodismo, obediencia con criterio y subvención con mérito, el discurso cofradiero quedará secuestrado por los apesebrados cobardes que, incapaces de sostener una idea sin respaldo oficial, seguirán incensando al poderoso y pisoteando al humilde. Y entonces sí, no estaremos ante un fracaso puntual ni ante un evento mal contado, sino ante algo mucho más grave: la renuncia consciente a la verdad, asumida con entusiasmo y defendida con fervor, como si la mentira fuese ya no un desliz, sino una forma de vida.





