Ha llegado el día. El mismo día que regresa cada doce lunas para recordarnos que existen emociones que jamás envejecen. El día en que la Hermandad del Rocío de Córdoba se viste de gala para presentarse ante la Virgen del Rocío, en la antesala del momento cumbre, cuando la aldea contiene el aliento aguardando que la Madre vuelva a salir a buscar a sus hijos. Porque eso es la procesión de la Virgen: Ella devolviendo la visita a quienes llevan un año entero soñando con volver a mirarla a los ojos.
Y qué difícil resulta explicar lo que siente un rociero cuando llega este instante. Porque no hay palabras capaces de describir el temblor que nace cuando la carreta del Simpecado avanza hacia las plantas de la Blanca Paloma. Todo parece detenerse. El ruido desaparece. La marisma calla. Y sólo permanece Ella, inmensa, eterna, mirándonos como miran las madres que saben absolutamente todo de sus hijos incluso cuando guardan silencio. Un silencio solamente quebrado por la Salve, rezada o musitada desde lo más hondo del alma, desde ese rincón invisible donde laten al mismo tiempo la fe, la memoria, la esperanza, la devoción, el amor, la tradición y el latido profundo de todo un pueblo que únicamente sabe vivir mirándose en los ojos de su Virgen.
El Rocío tiene mucho de herencia sagrada. De amor aprendido sin necesidad de explicaciones. De promesas antiguas transmitidas de abuelos, de madres, de padres, de hermanos, de generación en generación entre sevillanas rotas, rosarios al amanecer y lágrimas discretas que nunca necesitaron palabras. Hay devociones que se estudian. Y otras, como ésta, que simplemente se maman desde la cuna hasta convertirse en parte irrenunciable de lo que uno es, de lo que uno siente, de lo que uno cree, de lo que uno recuerda, de lo que uno vive.
Por eso hoy también caminarán quienes no han podido hacerlo físicamente. Los que han estado nueve noches soñando el camino, los que han vivido cada jornada desde la distancia, los que han cerrado los ojos imaginando cada pará, cada Ángelus, cada oración, cada misa bajo los pinos, cada rezo, cada silencio, cada atardecer de polvo dorado y plegaria lenta. Porque la ausencia, la nostalgia, el recuerdo y la esperanza duelen muchísimo cuando mayo huele a romero, a jara bendita, a promesa antigua que no se apaga.
Y caminarán también los que ya no están. Los que enseñaron a querer a la Virgen, a la Blanca Paloma, cuando apenas éramos unos niños incapaces todavía de comprender por qué se quebraba la voz de nuestros mayores al cantarle una salve, una plegaria, una oración, una emoción que no cabe en ninguna palabra. Qué extraña forma tiene el Rocío de devolvernos siempre a la infancia, a la memoria, a la raíz. A aquellos caminos que ya no volverán. A los rostros que quedaron suspendidos para siempre en la memoria, en el recuerdo, en el alma. A las noches interminables bajo las estrellas creyendo ingenuamente que la vida jamás iba a cambiar.
Porque al final somos eso. La suma de todos los rocíos vividos, de todas las promesas, de todas las lágrimas, de todos los abrazos, de todos los caminos, de todas las oraciones, de todas las emociones que han ido construyendo lo que somos sin que apenas nos diéramos cuenta. De cada promesa pronunciada en voz baja. De cada lágrima escondida detrás de unas gafas de sol. De cada abrazo sincero al llegar a la aldea, al caminito, al corazón mismo de la devoción.
Y entonces llega este día. El día grande de la espera. El día en que Córdoba, la hermandad, el pueblo, la fe, la memoria, el amor y la esperanza vuelven a presentarse ante la Madre de Dios, llevando consigo no sólo a quienes pisan la arena, sino también a quienes la sueñan desde lejos y a quienes continúan caminando desde el cielo. Porque delante de la Virgen del Rocío jamás comparece una hermandad sola. Comparece una memoria entera hecha fe, amor, nostalgia, vida, oración y eternidad.
Dentro de unas horas Ella volverá a salir. Y cuando la madrugada se rompa definitivamente y la Virgen, la Blanca Paloma, la Madre, avance sobre los hombros de su pueblo, volveremos a comprender que nada tiene verdadero sentido lejos de su mirada. Porque todo comienza y termina en Ella. Siempre en Ella.
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