Vivimos instalados en una cotidianidad hipertrofiada, entregados con una convicción casi militante a nimiedades que elevamos a la categoría de asuntos trascendentales. Convertimos lo accesorio en identidad, lo banal en causa, y defendemos con fiereza disputas que solo simulan importancia. En ese ejercicio constante de distracción, el ser humano confunde el ruido con el sentido, y acaba creyendo que aquello que ocupa su tiempo merece también ocupar su conciencia.
El golpe brutal de la realidad
La tragedia ocurrida este domingo en la localidad cordobesa de Adamuz irrumpe como un aldabonazo moral imposible de ignorar. Al menos 39 personas han perdido la vida y 152 han resultado heridas, según los datos confirmados por el Ministerio del Interior, tras el descarrilamiento de un tren Iryo 6189 en el que viajaban unas 300 personas. El convoy, que cubría el trayecto Málaga–Puerta de Atocha, se salió de la vía en torno a las 19.45 horas del domingo 18 de enero, en los desvíos de entrada a la vía 1 de la estación de Adamuz, provocando que el vehículo invadiera la vía contigua impactando con otro tren que circulaba en sentido contrario. En ese instante, todo lo demás quedó reducido a polvo moral.
Cuando lo accesorio se derrumba ante lo esencial
Ante una realidad así, la arquitectura artificial de nuestras preocupaciones se derrumba sin remedio. Los debates recurrentes, las querellas verbales y las indignaciones impostadas pierden toda densidad. La muerte, cuando irrumpe con esta crudeza, reordena sin concesiones la escala de valores y nos recuerda que nada importa cuando se impone aquello que verdaderamente importa: la vida y su fragilidad absoluta.
La emoción que se evapora
Pero esta sacudida colectiva suele durar poco. Tras un primer impulso de solidaridad y una emoción compartida que parece sincera, el reloj sigue avanzando y la memoria comienza a encogerse. En apenas unas horas, el impacto se atenúa y regresamos a la comodidad de lo conocido. El dolor ajeno se diluye, relegado por la inercia de la rutina y por la necesidad casi patológica de volver a hablar de lo nuestro.
El regreso a nuestras miserias
Volvemos entonces a enfrentarnos por ideologías, a dividirnos por un equipo de fútbol, o a medirnos en guerras internas porque una Hermandad está en manos de unos u otros. Reaparecen las indignaciones previsibles: bandas que firman por una corporación tras haber sido descartadas por otra, capataces que sustituyen a otros al frente de una cuadrilla, disputas vividas como si en ellas se nos fuera la vida, cuando la vida —la real— puede extinguirse en un segundo, sin aviso previo. Como recuerda el viejo refrán, para morir solo hace falta estar vivo.
El autoengaño como refugio
Quizá este empeño en ocupar la mente con estulticias actúe como un mecanismo de defensa. Pensar en lo pequeño nos protege del vértigo de aceptar que a la vuelta de la esquina todo puede haber terminado, que hoy estamos y mañana tal vez no. Pero ese mismo refugio mental nos incapacita para asumir nuestra propia intrascendencia, y nos aleja de gestos tan elementales como alargar la mano, perdonar a quien nos rodea o arrinconar en el corazón el resentimiento acumulado.
Lo que debería permanecer
Tragedias como la de Adamuz desnudan la futilidad de tantas batallas personales y colectivas. Demuestran, con una elocuencia insoportable, que el odio que almacenamos por idioteces carece de todo valor cuando la realidad se impone. La lección es clara, aunque incómoda: vivimos demasiado pendientes de lo que no importa y peligrosamente lejos de lo esencial. Ojalá el impacto no se disipe con la misma rapidez que la emoción inicial y aprendamos, aunque sea por un instante más largo, a reordenar nuestras prioridades antes de que la vida vuelva a recordárnoslo de la única manera que sabe hacerlo.





