La puesta en escena del pregón de la Semana Santa fue, sin ambages, un acierto rotundo. El hecho de que las autoridades más relevantes de la ciudad arropasen al pregonero no constituye un simple gesto accesorio, sino una forma clara de otorgar a este acto la importancia que verdaderamente merece. Resultaba no solo oportuno, sino necesario, que el obispo y el alcalde ocuparan el lugar que ocuparon, flanqueando al orador, reforzando así la dimensión institucional de un momento que lo exige. Todo ello enmarcando un discurso que, como ya se ha repetido hasta la saciedad, fue excelente y, a mi juicio, el mejor con diferencia, al menos en la última década, en la que hemos soportado discursos planos y anodinos, homilías e incluso alguna que otra performance de dudoso gusto, torrija incluida, esto sí para olvidar. En este contexto, lo vivido ahora adquiere un valor aún mayor, al suponer una ruptura evidente con esa inercia descendente.
Otra cosa bien distinta es la presencia de determinados personajes sobre el escenario cuya inclusión no encontraba justificación alguna. Hay algún caso —como la presencia de Soldado, conviene ejemplificarlo con claridad— en los que, sencillamente, no se pintaba absolutamente nada, introduciendo una disonancia innecesaria en una escenografía que, por lo demás, estaba muy bien concebida. En paralelo, sorprende, y no poco, que algunos opinadores de la ciudad hayan optado por rasgarse las vestiduras ante esta puesta en escena, escudándose en el argumento de que “se ha copiado a Sevilla”.
La objeción resulta, además de previsible, difícilmente sostenible si se atiende a la realidad. Porque la Semana Santa contemporánea de Córdoba es, en gran medida, una copia de Sevilla, con retazos evidentes de Málaga, vía Antequera. Negar esta evidencia no la desmiente; simplemente la oculta. Y en este punto conviene recordar la afirmación de Fray Ricardo de Córdoba, quien ya advirtió con lucidez que “el estilo cordobés no existe”, por mucho que a algunos les incomode reconocerlo, o directamente les explote la cabeza. De modo que mirar a Sevilla es lo habitual en estos lares. Indignarse por ello, a estas alturas, es abanderar un chauvinismo barato que deriva en encrucijadas tan absurdas como censurar la presunta imitación de una disposición espacial pero acudir a un diseñador sevillano cuando formamos parte de una comisión artística.
En el escenario se encontraba la representación eclesiástica y política de la ciudad arropando al pregonero, concediendo al acto la importancia que merece, lo que supone un acierto incuestionable que deben apuntarse quienes haya propuesto esta fórmula. Intentar desacreditar esta magnífica iniciativa porque algunos de los comparecientes evidenciaran, de forma bastante llamativa, que les interesaba entre poco y nada lo que se estaba diciendo no puede, en modo alguno, ir en menoscabo de la puesta en escena. Si alguien no quiere estar donde debe, que se aguante: debe asumir las obligaciones que derivan de su cargo; y si otros —o los mismos— no saben comportarse en un acto de estas características, al que por protocolo están obligados a asistir, deberían aprender el mínimo exigible de saber estar y buenas maneras.
La puesta en escena fue, en definitiva, un acierto rotundo que tal vez no se repita. Pero no porque deje de serlo, sino porque, vista la incomodidad de algunos, no sería extraño que en el futuro optaran por negarse a participar, para satisfacción de unos y para indignación de otros, que interpretaremos que su negativa no es más que la muestra palpable de que el tema de las cofradías le resulta completamente ajena, cuando no una molestia prescindible, lo que, en sí mismo, constituye una reflexión mucho más profunda que la polémica superficial que algunos pretenden alimentar.





