El cirineo | El tonto útil

Existe un perfil recurrente en la vida pública que no destaca por su talento, su inteligencia ni por aportación alguna reconocible, pero cuya presencia resulta funcional para intereses ajenos. Se trata de un personaje anodino, sin mérito propio, cuya única utilidad consiste en ejecutar tareas ingratas: sembrar minas en terreno contrario o repartir basura de manera arbitraria, siempre al servicio de otros. Su papel no es crear, sino ensuciar; no es construir, sino estorbar.

En cualquier organización serían fácilmente reemplazables, por innecesarios, y sin embargo suelen ser aprovechados por quienes sí poseen capacidad, inteligencia y ambición estratégica. Estos individuos, pese a su inutilidad práctica, viven convencidos de haberlo inventado todo, cuando en realidad no son más que herramientas rudimentarias en manos más hábiles. Su existencia cobra sentido únicamente mientras alguien decide utilizarlos.

El rasgo más perverso de estos sujetos es su disposición a arrasar con aquello que dicen defender. No dudan en dinamitar principios, instituciones o valores con tal de golpear a quienes consideran enemigos. En ese proceso, anteponen de forma sistemática sus intereses personales o los de aquellos a quienes sirven a cualquier bien colectivo, demostrando una ausencia total de escrúpulos y de lealtad real a las causas que invocan.

Pese a su notable estulticia, el tonto útil puede llegar a ser un personaje corrosivo y peligroso. Su propia torpeza lo empuja a cometer errores constantes, fallos burdos que no solo delatan su imbecilidad, sino que también dejan al descubierto a quienes lo han utilizado como meras marionetas. Esa cadena de torpezas convierte al instrumento en un riesgo para el titiritero, evidenciando que no todo peón sirve para cualquier partida.

De ahí que resulte aconsejable que quien mueve los hilos sepa elegir con mayor criterio. Apostar por individuos con la inteligencia justa para no cagarse encima suele acabar mal incluso para quienes creen manejar la situación. La falta absoluta de valía termina pasando factura, no solo al ejecutor torpe, sino también a la estrategia que pretende ampararse en él.

Se creen astutos, estrategas y calculadores, cuando en realidad sus maniobras no pasan de ser trucos infantiles y patéticos. Piensan que engañan a su entorno, pero su mediocridad resulta evidente para cualquiera que observe con un mínimo de atención. Esa distancia entre la percepción que tienen de sí mismos y lo que realmente son los convierte en figuras aún más grotescas.

La política está plagada de estos personajes, vagando sin rumbo claro, siempre a la espera de alguna migaja que llevarse a la boca. Allí se mueven con soltura, ofreciéndose como peones dóciles, dispuestos a cualquier encargo con tal de conservar un lugar, por irrelevante que sea. Su ambición no es transformar la realidad, sino sobrevivir en ella.

No es raro verlos en cofradías, incluso ataviados con símbolos de presunta autoridad moral, luciendo terno negro, alzacuellos, vara o cualquier otro signo que les permita camuflar su auténtica esclavitud. Bajo esa apariencia solemne, operan como servidores sumisos de intereses ajenos, renunciando a toda autonomía a cambio de una falsa sensación de importancia.

Nunca serán más que eso: peones perfectamente prescindibles, intercambiables y sacrificables cuando dejan de ser útiles. Su destino no es liderar ni decidir, sino obedecer. Sirven mientras convienen y desaparecen cuando estorban, sin dejar huella ni legado alguno.

La presencia constante del tonto útil actúa como un cáncer dentro del organismo social. Su capacidad para contaminar, dividir y degradar exige una respuesta clara. Extirpar este tipo de comportamientos y figuras no es un acto de crueldad, sino una medida de higiene colectiva, necesaria para proteger el funcionamiento sano de la comunidad y de sus instituciones.