El cirineo | Entre la dicha y la ausencia

Hoy es un día que guardaré con especial cariño en mi memoria. Por fin he hecho juramento como hermano de la Hermandad del Rocío de Córdoba, una corporación que siempre he sentido como parte de mí, como algo que llevaba en el alma desde mucho antes de que mi nombre figurase en sus libros. Ha sido una jornada de alegría serena y emoción verdadera, de esas que se viven de dentro hacia fuera, con los ojos brillando y el corazón desbordado.

Y ha sido, además, una feliz sorpresa. No lo esperaba. Y precisamente por eso, porque ha llegado sin avisar pero con todo el sentido del mundo, quiero agradecérselo profundamente a quien tengo a mi lado. A esa persona que me conoce tanto como para regalarme un momento que no olvidaré jamás, y que ha hecho posible que hoy forme parte activa de esta gran familia rociera.

Y sin embargo, junto a esa dicha íntima, me acompaña una tristeza que no logro acallar.

Porque mientras me fundía en abrazos nuevos, mientras mis labios pronunciaban el compromiso y mis manos tocaban con devoción la medalla de la Blanca Paloma, no pude dejar de notar una ausencia. No vi a nadie de mi Hermandad de la Paz y Esperanza, esa que me vio crecer, que me enseñó a rezar, a vestir el hábito nazareno, a entender el peso y la belleza del compromiso cofrade. Esa que es y será siempre mi casa.

Desde aquel 24 de enero de 1982, cuando ambas hermandades sellaron su hermanamiento, han sido muchos los caminos recorridos juntos, muchas las miradas cómplices, los gestos compartidos. La Virgen del Rocío preside el frontal del paso de palio de la Paz, y una representación de Capuchinos ha acompañado durante décadas a los romeros que parten hacia la aldea, mientras que la filial rociera arropaba con su presencia a la Virgen por las calles cordobesas cada Miércoles Santo. Y todo eso no es baladí o no debería serlo.

Pero esa llama, encendida con tanto amor por quienes nos precedieron, parece ahora reducirse a rescoldos. El vínculo se ha diluido hasta casi desvanecerse. Y hoy, en un día tan significativo para mí, esa distancia se ha hecho especialmente presente. No con reproches, sino con melancolía.

No sé si es cuestión de nombres propios o de silencios enquistados. No sé si debe dar el primer paso una u otra hermandad, o si ambas deberían tenderse la mano a la vez. Ni me importa si la culpa es de una o de otra o de ambas. Lo que sí sé es que urge recuperar aquello que tanto bien nos hizo, aquella unión que no era solo simbólica, sino profundamente fraterna y real.

Hoy llevo dos medallas sobre el pecho, mis dos medallas. Y aunque ambas relucen, me duelen al no verse reflejadas una en la otra. Porque mi corazón necesita que vuelvan a caminar juntas, que se reconozcan, que se miren con afecto y se encuentren de nuevo en la fe que comparten.

Aún estamos a tiempo. Solo hace falta querer. Julio y Lupe, Lupe y Julio, mis dos hermanos mayores… Sin excusas. Hacedlo posible.