Querido amigo, permíteme copiarte el apelativo que me dedicas últimamente con tanto cariño en público, aunque me califiques de forma muy diversa en privado. He de reconocer que no tenía la menor intención de responderte por esta vía, hace mucho que no mereces la menor de mis atenciones, más allá de algún que otro chascarrillo ocasional, en redes sociales, como diversión intrascendente. Ni siquiera pensaba escribir artículo de opinión alguno sobre la fiesta de la que has intentado convertirte en protagonista absoluto, con permiso de quien se puso en medio de todas las fotos el otro día. En este sentido, seré absolutamente conciso: ida excelente y regreso con dos partes perfectamente distintas; la primera magnífica, arropada masivamente, y la segunda, manifiestamente mejorable, con escasez de miradas y un caminito inaceptable, infumable e incomprensible para cualquier persona normal, incluido quien caminaba el primero de los tuyos, puedes preguntarle.
No hablo de ella, que se paseó en todo momento magnifica, excelsa, elegante y poderosa… como debe. A ella la dejo fuera de esto; hablo de gente y de ruta. Y de un horario sencillamente ridículo y perfectamente evitable. Un cúmulo de detalles que han tirado por tierra la buena imagen y el recuerdo de lo que podían haber sido unas jornadas para la historia, y que había sido todo un éxito hasta las últimas calles de un recorrido que se alargó artificialmente casi nadie sabe muy bien por qué (no es verdad, todos sabemos por qué). Pero todo se torció por culpa de una palabra cuyo significado algunos parecen incapaces de entender: exceso. Demasiados fuegos artificiales (hablo en sentido figurado), ocultando la verdadera sustancia y lo que se ha hecho bien.
No hay más que escuchar lo único que destacaron sobre el particular en un conocido y masivamente escuchado programa de radio de la capital de Andalucía. ¡Qué pena y qué vergüenza que todo esto haya servido, solamente, para que nos mencionen para hablar del escándalo del ruidoso espectáculo celeste y el desfase horario!. Respecto a la ofrenda sonora, no por el espectáculo en sí, sino por la falta de permisos y, sobre todo, porque, considerando la hora, los últimos destellos de la noche eran absolutamente inapropiados, máxime considerando quiénes son los vecinos de enfrente. En cuanto al desfase horario, no ya por el retraso acumulado –lógico en un evento de estas características- sino por el horario inicialmente establecido, inasumible, inaguantable y, por encima de cualquier otra consideración, innecesario. Solo los muy fieles y devotos, como yo, que estuve hasta el último instante en presencia de ella, de modo que no te molestes en pretender engañar a nadie haciendo parecer que había más cera que la que había, aguantamos hasta el final. Por cierto, gracias por encender la cera que alumbraba su mirada esta vez, todo un detalle.
Claro que había un grupo de devotos -como lo calificó un amigo- alrededor de ella. Un grupo de devotos más o menos numeroso, -para gustos los colores, a mí siempre me parece poco para ella, ¿qué quieres que te diga?-. Un grupo de devotos acompañándola en todo momento, sólo faltaría lo contrario, eso ya hubiese sido de “muy deficiente”. Un grupo de devotos a su alrededor y caminando a su lado. Pero nada más. Lo más gracioso es que lo sabes perfectamente o, al menos, tienes “armas” para saberlo, en lugar de engañarte a ti mismo con mentiras. Insisto: pregunta a quien caminaba el primero de los tuyos cuántos esperaban en el vergel que cada año es un océano, que ya se notó con la marea baja, por la tardanza, la pasada primavera y quedó reducido a un arroyo ridículo el otro día. Y si no eres capaz de verlo, peor me lo pones, porque sería una señal inequívoca de que has perdido todo el contacto con la realidad, y eso, sí que me preocupa, querido amigo. Había muchos al principio, y mientras la hora y el recorrido fueron normales, y se produjo una caída alarmante después, cuando dejaron de ser normales, tornándose en desolación en el mismo lugar que siempre es un hervidero.
Y hasta aquí mi análisis de lo ocurrido y de tu responsabilidad, de momento, porque que te quede bien claro: mientras sigas estando donde estás, seguiré dando mi opinión sobre tu gestión y la de quienes te rodean cuando me parezca oportuno. Si no te gusta, ya sabes dónde está la puerta. Cuando una persona ocupa un puesto de responsabilidad está sometida a la crítica. Eso es lo que hay. Incluso yo, que soy un personaje casi irrelevante en ese mundillo en el que te crees tan importante, he tenido que soportar insultos graves al pasar por las puertas de la que un día fue mi casa. Y conste que podría hacer mención del desastroso protocolo perpetrado tanto en la ceremonia, donde muchos no estaban donde debían estar, como en lo que hubo después, donde muchos tampoco ocupaban el lugar que les correspondía. Es lo que tiene dejar las cosas en manos de aficionados.
Únicamente voy a permitirme dos licencias. La primera es decirte que atacar en redes sociales a quien opina, legítimamente, aquello que diriges, no sólo no está bonito, sobre todo representando lo que representas, sino que es muy poco democrático. Recuerda mucho al acoso al que somete a los medios que no le bailan el agua cierto personajillo que antes llevaba coleta. Afortunadamente su acoso no ha logrado callar a ningún periodista. Te anticipo que el tuyo tampoco lo hará. Eso sí, evidencia lo que siempre dijo mi abuela: “cada cual demuestra la clase que tiene”. La segunda es que, aunque tú y yo sabemos que todo el asunto de las lucecitas en el cielo quedará en un pequeño tirón de orejas en privado porque a nadie le interesa otra cosa y que otro palo aguante la vela, «y con la multa, si se produce, ya nos averiguamos», ¿quién se va a creer la frase «no sabíamos nada» cuando todo el mundo lo sabía todo? Absolutamente nadie, lo que queda meridianamente claro si uno se da una vuelta por redes sociales. No olvides, querido amigo, que mentir es pecado.
En cualquier caso, a estas alturas ya no tengo esperanza alguna de que escuches, ni a mí ni a nadie, nunca lo has hecho. Sólo me queda esperar, con la misma paciencia que llevo teniendo todos estos años, que cuando otro llegue te ponga en el sitio que mereces, en el mismo lugar en el que tú has puesto a tus predecesores. Porque no lo olvides, dentro de unos años algunos recordarán tu nombre, solo algunos. El resto, por mucho que te mencionen en libros que nadie leerá, no tendrá ni idea de quién eres. Solo quedará ella, la que siempre queda, la que nos sigue llamando a su orilla a los muy fieles, los que jamás nadie va a lograr echar de su lado, por mucho ruido que haga.










