Nos creemos inexpugnables. Nos creemos invencibles, casi todopoderosos. Vivimos en una burbuja de certezas construida sobre la tecnología, la inmediatez y un aparente control absoluto sobre todo lo que nos rodea. Pero lo que acaba de suceder, ese apagón histórico que ha sumido al país en la oscuridad, ha hecho que nuestra soberbia caiga como un castillo de naipes, mostrándonos de golpe lo frágiles que realmente somos.
Durante esas horas de incertidumbre, cuando las luces se apagaron y el ritmo frenético de nuestra vida cotidiana se detuvo por completo, algo profundo se rompió en nuestra conciencia colectiva. Y fue mucho peor cuando fuimos conscientes de nuestra incomunicación, sin conexión ni teléfono. Sin poder contactar con nuestros padres o nuestros hijos. Fue entonces cuando nos quedamos realmente paralizados. La idea de que podemos controlar todo se desvaneció en un suspiro. Nos vimos perdidos, vulnerables, pequeños, a merced de una tecnología que, en un abrir y cerrar de ojos, se volvió nuestra enemiga.
Y hay que reconocer que hemos tenido suerte. Pasó de día, en una tarde de primavera y con buen tiempo, lo que propició que miles de familias saliesen a la calle a disfrutar de la incomunicación momentáneamente recuperada. Pero no seamos frívolos ni romanticemos lo que pudo ser una tragedia. Es cierto que las pérdidas económicas serán descomunales. Cada sector afectado, cada comercio cerrado, cada familia sin acceso a sus necesidades más básicas… Todo eso tiene un precio.
Pero lo que realmente me ha rondado la cabeza en las últimas horas es pensar en que, más allá de estas pérdidas, todo ocurrió un lunes cualquiera, no en un momento crucial de nuestro calendario, en uno de esos días que atesoran un valor emocional más allá de lo económico. ¿Qué hubiera pasado si el apagón hubiera caído en plena Semana Santa? ¿Cómo hubiéramos hecho frente a la suspensión de todas las procesiones? ¿Qué hubiese sido de los miles de rostros llenos de fe esperando, con el alma en vilo, ver a su Virgen o a su Cristo? La respuesta es clara: con toda seguridad, las calles se habrían quedado vacías, y el CECOP habría decretado la suspensión de todo. La emoción y la ilusión de un pueblo entero hubiera quedado atrapada en la oscuridad, y no habría habido luz que la devolviera.
Hoy, al mirar hacia atrás, nos damos cuenta de algo que no queremos aceptar: somos solo un pétalo de flor flotando en un mar de incertidumbres. Pensamos que estamos al mando, que nuestra civilización está cimentada en una fortaleza inexpugnable. Pero la verdad es otra. La tecnología, la naturaleza, incluso la divinidad, nos recuerdan una y otra vez que, en realidad, somos muy pequeños. Y cuando creemos que lo sabemos todo, cuando nos sentimos seguros, invulnerables, el universo, en su infinita sabiduría, nos da un golpe de realidad.
Nos creemos invencibles y, sin embargo, somos delicados como cristal. Esta prepotencia que tantas veces mostramos, nos aleja de la humildad que deberíamos practicar. Lo que acaba de suceder es un recordatorio brutal de que la seguridad, la estabilidad y el control absoluto que creemos tener están construidos sobre una ilusión.
En esos minutos de oscuridad, cuando la electricidad dejó de fluir, la sensación de vacío nos envolvió. Nos vimos desnudos, sin respuestas, ante un sistema que hemos construido y al que rendimos culto, pero que en ese mismo momento nos mostró su fragilidad. ¿Cuántas veces hemos creído que todo va a estar siempre bien? ¿Cuántas veces hemos pensado que nada podría detenernos?
Quizás, al final, la verdadera fortaleza no reside en la tecnología ni en la apariencia de invulnerabilidad, sino en aceptar nuestra vulnerabilidad, en reconocer que somos solo un suspiro en el viento, una frágil chispa que, en un segundo, puede apagarse. El fundido a negro de ayer debería ser un llamado a la reflexión, un recordatorio de lo que somos: seres humanos, vulnerables, frágiles, y profundamente conectados con un mundo que no podemos controlar.
Y tal vez, solo tal vez, después de este golpe de realidad, empecemos a valorar más lo que realmente importa, a ser más humildes ante la vida y a caminar con la sabiduría de saber que nada está garantizado.





