El cirineo | Héroes por amor a Dios, vivos… de milagro

Si después de presenciar el regreso de la Hermandad de la Sagrada Cena a Poniente hay quien sostiene, aún con ligereza, que los costaleros o quienes eligen acompañar al Señor con un cirio lo hacen simplemente por afición o entretenimiento, incurre no solo en una profunda ignorancia, sino en una imperdonable necedad.

La escena vivida en Córdoba en la noche que separa el domingo del Corpus Christi del lunes laborable no ha sido únicamente una expresión de fe, sino también una denuncia silenciosa y elocuente, elevada por quienes se han sometido, sin queja visible, al rigor extremo de un clima implacable que convertía cada paso en un ejercicio de resistencia. Treinta y dos grados centígrados a las puertas de la medianoche no constituyen ya una circunstancia extraordinaria en esta ciudad, sino una evidencia palmaria del sinsentido que supone mantener la celebración vespertina de una procesión que, por su carácter eucarístico y su relevancia litúrgica, debería tener lugar en las primeras horas del día.

No se trata únicamente de una cuestión de comodidad o de mayor afluencia de público, que también. Estamos ante una exigencia moral, pastoral y organizativa que las autoridades eclesiásticas competentes -el Cabildo- deben asumir con urgencia. Si el cortejo eucarístico se pusiera en la calle a las 8:30 o 9:00 de la mañana, habría un margen razonable de tiempo para desarrollar el recorrido con dignidad antes de que el calor volviese insoportable la permanencia en la vía pública. En lugar de ello, se perpetúa una fórmula vespertina que no solo resulta contraproducente, sino que supone una amenaza directa a la integridad física de quienes participan en la procesión.

Conviene subrayar que en los últimos años, frente a la inacción institucional, ha sido la Hermandad de la Sagrada Cena, con la inestimable colaboración de la Agrupación de Cofradías de Córdoba quien ha asumido, con admirable responsabilidad, el compromiso de revestir de solemnidad y contenido una celebración que otros, desde Palacio, parecen resignarse a dejar languidecer. Buena muestra de ello es que el presidente de la Agrupación, Manuel Murillo, ha acompañado a la cofradía del Beato Álvaro de Córdoba hasta su casa, concediéndole a la procesión y al traslado el respeto que merecen, algo que a otros ni se les pasa por la cabeza.

La incorporación del paso de misterio, con todo lo que ello conlleva en términos de esfuerzo humano, recursos materiales y coordinación logística, ha devuelto parte del esplendor perdido a una solemnidad eucarística que Córdoba no puede permitirse maltratar. Y, sin embargo, esta loable contribución sigue siendo insuficiente si quienes tienen la competencia para organizar, decidir y reformar insisten en replegarse sobre su inercia y mantener intacta una estructura que hace aguas por todas partes.

Resulta lamentable que el impulso renovador proceda, casi exclusivamente, del ámbito cofrade, mientras desde el Cabildo catedralicio persiste una absurda inercia burocrática que parece más atenta a conservar formas anquilosadas que a garantizar la vivencia plena del misterio eucarístico y multiplicar el culto y la devoción al Santísimo Sacramento del Altar. No es solo una cuestión estética, sino teológica y pastoral: la presencia sacramental de Cristo en las calles de Córdoba exige condiciones dignas. Y eso hoy, en junio, en este infierno que algunos llaman Córdoba, es absolutamente incompatible con un horario vespertino.

Los costaleros, músicos, acólitos, diputados, nazarenos y servidores de la Hermandad de la Cena han dado un año más una lección de fe y entrega sin paliativos. Su valentía, más allá del sentido estético o ritual, ha sido un acto de testimonio cristiano radical, ofrecido en condiciones climáticas que rozaban lo demencial. Pero nadie, por muy noble que sea su causa, debería tener que jugarse el físico para honrar al Santísimo Sacramento. Si no se ha producido un colapso grave bajo el paso ha sido, sencillamente, un milagro. Y los milagros, por definición, no pueden convertirse en el plan de contingencia de una institución responsable.

Se impone, por tanto, una revisión inmediata del modelo procesional vigente. Un Corpus Christi celebrado a primera hora del domingo no solo permitiría preservar la salud de los participantes, sino que estimularía previsiblemente una mayor implicación ciudadana en el acompañamiento al Señor. Córdoba tiene derecho a vivir su procesión eucarística con el esplendor que merece, y ello exige decisiones valientes.

Cuando la tragedia sobreviene, en el ámbito que sea, siempre se repite con dolor: “Esto se veía venir”. Pues bien, se ve venir. Y quienes hoy se niegan a actuar con la celeridad y la prudencia exigibles no podrán escudarse mañana en la sorpresa o la fatalidad. Porque el aviso ha sido dado con elocuencia. Porque la Cena ha llegado de vuelta a Poniente por Amor, sí, pero también, y tristemente, por milagro.