El nuevo reglamento que la Delegación diocesana de Hermandades ha impuesto a las hermandades cordobesas ha generado una profunda reacción de rechazo entre numerosos cofrades, que lo interpretan como «una intervención desconectada de la realidad viva de la religiosidad popular andaluza y denuncian que se nutre de un evidente desconocimiento, por no decir una ignorancia absoluta, de lo que supone esta expresión de fe en Andalucía, radicalmente distinta de otras formas de religiosidad popular existentes en latitudes ajenas» . Esa fractura cultural no es un detalle menor, sino el origen de una norma que muchos consideran «ajena, fría y profundamente descontextualizada, marcada por una visión externa, rígida y poco sensible» .
La percepción de fondo es especialmente dura: la de un trato que «rebaja a los cofrades a una condición de inferioridad dentro de la propia Iglesia» . Se les presupone —indican muchos cofrades— una «escasa formación teológica y litúrgica, como si careciesen de criterio o de capacidad de discernimiento» , y se les somete «a una tutela» que recuerda —según expresiones repetidas en el ámbito cofrade— a la de «menores de edad«. Esa visión, que muchos califican de «profundamente irrespetuosa y condescendiente» , alimenta la sensación de estar ante «una estructura que no dialoga, sino que corrige» ; que no acompaña, sino que, como punto de partida, «desconfía de forma sistemática y casi automática».
A ello se suma una crítica aún más estructural: la de «una mentalidad que parece querer recuperar esquemas de poder propios de siglos pasados» . Hay quienes describen una «actitud de corte casi feudal, en la que determinados sectores de la jerarquía eclesiástica actuarían como señores que contemplan a los fieles como vasallos, sometidos a obediencia absoluta y con una mínima capacidad de decisión» . Todo ello bajo la «apariencia de orden y disciplina, pero con el trasfondo de una voluntad de control absoluto, de dominio y de vigilancia constante, que choca frontalmente con la enseñanza de Jesucristo, aquel que expulsó a los mercaderes del templo látigo en mano y que, según esta lectura crítica, no dudaría hoy en actuar con idéntica contundencia ante ciertas dinámicas clericales». ¿Qué opinan ustedes?
Otro de los elementos centrales del malestar radica en entender que todo esto es la consecuencia de «la incomodidad que genera la propia naturaleza del mundo cofrade» . Algunas voces consideran que «lo que realmente perturba a parte de la jerarquía es su carácter profundamente heterogéneo —y, por ende incontrolable—, frente a la homogeneidad de otros grupos eclesiales que se alinean de forma constante con la dirección marcada desde arriba y obeceden, sin ambages, con una voz única y controlada» . Alegan que en «las cofradías conviven sensibilidades políticas diversas, cofrades de izquierda y de derecha, practicantes intensos y otros más distantes, e incluso personas que no se reconocen como creyentes en sentido estricto». Esa pluralidad, —que, sin entrar en consideraciones morales, existe, guste o no— «lejos de ser comprendida como riqueza o como una oportunidad para evangelizar a quien se ha acercado a las cofradías aunque pocas veces haya pisado una iglesia», es vista —según esta lectura crítica— como » un elemento incómodo, inquietante y difícil de encajar en un modelo de obediencia uniforme, previsible y fácilmente controlable». «Por eso nos quieren ‘educar‘, para destruir nuestra diversidad, para convertirnos en un rebaño de sujetos idénticos que sea más fácil de controlar», llegan a asegurar algunos cofrades.
En ese contexto muchos advierten de «posibles consecuencias graves» si este modelo reglamentario llega a consolidarse. Un cofrade con amplia experiencia advertía recientemente de que, de materializarse lo que describe como un “golpe de estado” interno —sustitución de juntas de gobierno elegidas legítimamente por otras designadas—, la Semana Santa de Córdoba podría encaminarse hacia «una transformación irreversible» , similar a la que, según se recuerda, se atribuye al decreto del obispo Trevilla que habría desestructurado profundamente su realidad histórica. Y adelantan que «la imposición de condiciones consideradas leoninas para integrar juntas de gobierno podría derivar en la ausencia de candidatos, en la proliferación de juntas gestoras y, a medio plazo, en la desaparición de hermandades».
El trasfondo último del debate, según esta visión crítica, remite a una preocupación más profunda: la posibilidad de que, bajo distintos discursos y formulaciones edulcoradas, se esconda «una voluntad persistente de controlarlo todo, dominarlo todo y limitar la independencia y la libertad de las hermandades». Las previsiones sobre fusiones y extinciones, recogidas en el propio marco normativo, alimentan el temor a escenarios en los que «el patrimonio de las corporaciones extinguidas acabe integrado en la estructura diocesana». Afirmaciones de una gravedad extrema que, obviamente, carecen de cualquier respaldo probatorio pero que reflejan el punto en el que nos encontramos y ha provocado todo este escenario: el de un volcán a punto de estallar; un terremoto innecesario que se podía y se debía haber evitado.
Tristemente, en este clima de creciente desconfianza, la sospecha se instala como una constante: la de un proceso que, más allá de su apariencia ordenadora, podría alterar de forma irreversible el equilibrio histórico, social y devocional del mundo cofrade cordobés. A corto plazo, sólo hay una persona que pueda solucionar este desastre, el obispo de Córdoba, que tiene en su mano arrancar de raíz esta semilla de enfrentamiento, o dejar de germine, crezca y termine pudriéndolo todo.
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