El cirineo | La doble vara de medir: cuando la carpa es pecado… salvo si es el Cachorro

Desde que se tuvo conocimiento de ello, y ahora con mayor énfasis al difundirse las primeras imágenes, asistimos a una de las manifestaciones más elocuentes —y no por ello menos repetidas— de la doble vara de medir que impera en ciertos sectores de la prensa morada más miserable y de la Sevilla cofrade más rancia. Desde hace años, estas voces se han cebado con inusitada fiereza contra las asociaciones civiles, a las que llaman despectivamente “piratas”, por razones diversas, aunque también por el uso de carpas como punto de salida, en lugar de un templo. Un argumento manido, convertido en chanza fácil, que ha servido para desprestigiar y ridiculizar a quienes, carentes de poder o reconocimiento institucional, se atreven a sacar sus imágenes a la calle.

Sin embargo, ahora que la Hermandad del Cachorro de Sevilla va a hacer exactamente lo mismo, la carpa ha dejado de ser motivo de escarnio para convertirse en una brillante solución logística, digna incluso de halagos. La hipocresía, por tanto, no solo no se disimula: se despliega con desparpajo y se reviste de un aura de sensatez admirable. Las explicaciones surgen con pasmosa rapidez. Las críticas, en cambio, se evaporan con la misma agilidad con la que antaño se vertían con furor.

La realidad es que la carpa que cobijará al Cachorro y a la Esperanza de Málaga en la procesión extraordinaria que recorrerá las calles de Roma no responde a un capricho, sino a una necesidad objetiva: el descomunal trono de la Dolorosa malagueña no cabe por la puerta de ningún templo de la capital italiana. No hay, pues, alternativa. La medida es lógica, si bien es verdad que el impresionante crucificado hispalense sí podría haber salido de algún templo. Y sin embargo, esa misma lógica jamás se concedió a otras entidades cuando hicieron exactamente lo mismo.

Es evidente que el problema nunca fue la carpa, sino quién se atrevía a utilizarla. Si lo hace una asociación civil, la vara de medir se vuelve rígida, moralista y cruel. Si lo hace una hermandad poderosa, esa misma vara se torna flexible, comprensiva y razonable. Los mismos que ayer acusaban a los “piratas” de romper con la tradición, callan hoy como meretrices ante el despliegue sevillano en Roma.

Lo grave no es ya el silencio: es la condescendencia con la que ahora se aplaude lo que ayer se demonizaba y se volverá a demonizar dentro de unos meses. Lo que se tilda de herejía cuando lo hace una asociación humilde, se celebra como gesta admirable por venir de una hermandad con apellidos ilustres. Y esa es la esencia de este episodio: no se juzga el hecho, sino al sujeto que lo ejecuta. Si el protagonista es débil, se le desprecia. Si es fuerte, se le justifica.

Este no es un conflicto sobre logística, sino sobre jerarquía y poder. La tradición, tantas veces invocada como argumento incuestionable, se revela aquí como un recurso que solo se blande contra el indefenso. Cuando los grandes traspasan sus propios límites, la tradición se reinterpreta; cuando los pequeños lo intentan, se les condena por osar.

En definitiva, la carpa es solo una excusa. Lo que realmente se defiende no es la pureza del rito, sino el statu quo, ese orden en el que unos pocos dictan lo que es válido o no en función de su posición, y no de sus actos. Y así, mientras unos son tachados de piratas por no salir de un templo, otros reciben bendiciones mediáticas por hacer exactamente lo mismo. La incoherencia, como siempre, disfrazada de autoridad moral y mucha cobardía.