El Cirineo | «La foto de la vergüenza»

NO. La foto de la vergüenza NO es la que encabeza esta reflexión, que se ha de convertir en alegato. Más bien al contrario. La foto de la vergüenza es la de quienes se reúnen de tapadillo para atacar despiadadamente, desde su madriguera con olor a pachulí y alcafor, todo aquello que desconocen o no ha recibido la aprobación de su miserable tribunal mediático. La de pregoneros con sonrisa bobalicona o con la expresión chulesca que gastan cuando no están haciendo el paripé en los barrios de la “plebe”. La del insultador oficial del reino con camiseta apologética de cartel infumable.

La foto de la vergüenza es la de la mafia que desgobierna nuestras cofradías, repartiendo consignas con lo que se puede o no hacer, con lo que se puede o no contar, con lo que tiene o no tiene derecho a existir, condenando al ostracismo y al desprecio barato a quienes se atreven a pregonar, alto y claro, que no están dispuestos a pasar por el aro de sus caprichos, a ser meras marionetas infames en sus manos, sumisas y tragadoras. Inconformistas valientes que se atreven a llamar a las cosas por su nombre, aunque ello suponga ser expulsado de la “familia”: Bazofia al presunto arte que nos pretenden imponer desde el púlpito de su repugnante supremacismo. Asco al acoso y derribo que sufren bandas y autores que no gozan del beneplácito incuestionable de esta panda de auténticos croqueteros. E inmundicia a lo que rodea a Instituciones podridas, que deberían representar a todos y solo representa a la élite intocable, que censura a quienes no aplauden como focas sus desmanes y su incompetencia y llevan años parcheando una gestión nefasta que ha convertido en un campo de batalla lo que debería ser un foro de entendimiento.

La foto de la vergüenza es la de individuos con actitudes mafiosas dignas del mismísimo Capone, que reparten endogámicamente atriles, sillones y cámaras de televisión local de modo que el beneficio siempre quede en casa. La de impresentables con carguillo que llegan a expulsar a devotos de templos y capillas por cometer el pecado mortal de difundir a los cuatro vientos escenas de la imagen devocional que ocupa un lugar de privilegio en sus oraciones. Chusma, al fin y al cabo, que se permite el lujo de insultar, llamando “pirata”, a un grupo de Cofrades Valientes, con mayúscula, porque llevan años construyendo un maravilloso proyecto sin plegarse ante la jerarquía social y eclesiástica, sin rendir pleitesía a los medios oficiales del poder omnipresente y sin buscar su anuencia a cambio de la sumisión que sí reciben de otros.

Una sumisión que apesta como apesta el vertedero en el que se ha convertido la mayor parte de la prensa cofrade “oficial”. Un bochornoso estercolero de dictadores de sentencias baratas que endiosan a las mismas bandas de siempre, a los artistas de siempre, a los capataces de siempre, a las corporaciones de siempre… mientras condenan al cadalso a quienes no forman parte de su reducido círculo de beneficio mutuo. Los mismos que, de cuando en cuando, dan un pequeño latigazo incluso a quien más manda en la ciudad, para que sepa que si se le ocurre desairarles, no tendrán reparo en hacer “lo que haya que hacer” si es necesario, “y que se atenga a las consecuencias si se atreve”.

La foto de la vergüenza es la de cofrades de redes sociales o de a pie, sevillanos todos, que menosprecian a una cofradía (“pirata” la llaman unos con desdén; “civil”, otros, siempre con desprecio) que es capaz de inundar las calles de religiosidad popular y de fe en torno a la imagen del Señor. Alguno ha llegado a preguntar qué cómo es posible que una gran banda se rebaje a participar en semejante procesión… ¡qué asco y qué vergüenza damos muchas veces los cofrades! Porque, ¿qué es lo que realmente importa?. ¿Tener pedigrí otorgado por la élite o acercar al pueblo al mensaje de Dios, se forme parte del redil o no? Y si tan importante es eso, la pertenencia al rebaño, ¿por qué no pedir (o exigir) que sean los pastores quienes abran de par en par las puertas de los templos (casi siempre vacíos sin cofradías) y vayan a buscar a las ovejas que lo necesiten? ¿Acaso debe ser la oveja la que busque al pastor? ¿Qué dice el evangelio al respecto? Si algunos se rasgan las vestiduras porque una corporación, del calado que sea, sale desde una carpa, que remen para que la iglesia las acoja en su seno. Y no las echen cuando entran, que luego nos encontramos con curas que expulsan a quienes se atreven a dar el paso sin que nadie se atreva a llamar a las cosas por su nombre. Y si no quieren integrarse en el redil, RESPETO. Y punto. Si no te gusta lo que ves, te quedas en tu casa. Así de sencillo.

Esa es la auténtica vergüenza de nuestra Semana Santa: la absoluta falta de respeto que florece por los rincones de una Sevilla, exasperadamente rancia y profundamente arcaica, incapaz de evolucionar para -en el fondo- volver a ser lo que fue, y asumir que la grandeza, de la que algunos tanto presumen pero de la que en realidad carecen, se construyó sobre pilares de metamorfosis y osadía, pero sobre todo, de respeto. Un respeto que, en el pasado, terminó venciendo los ataques furibundos y también injustos que muchos otros sufrieron, antes de ocupar el lugar de privilegio que ahora tienen el Sábado o el Miércoles, por ejemplificar. La foto de la vergüenza es esa, una foto que indigna y repugna. En cambio, la foto de la Abnegación es la del triunfo, sin matices, incontestable, contra viento y marea y contra los poderosos que han logrado el efecto contrario que pretendían con sus insultos y menosprecios, multiplicando el afecto entre el pueblo sabio y soberano. La foto de la Abnegación es la del orgullo y la auténtica valentía que jamás debe perder la ciudad de la Giralda. La foto de la auténtica esencia de Sevilla, de la Sevilla del futuro, le moleste a quien le moleste.