El cirineo | La izquierda contra la Semana Santa: demagogia, incoherencia y desprecio a Córdoba

Populismo y cinismo

Lo ocurrido en los últimos días con el concejal del PSOE, Antonio Hurtado, no es una simple discrepancia sobre la organización de la Semana Santa de Córdoba. Es, más bien, un ejercicio de oportunismo político burdo, construido sobre la crítica fácil y el desconocimiento —o desprecio— de una de las expresiones más profundas de la ciudad.

Hurtado, que en los últimos tiempos parece empeñado en hacerse famoso entre su rebaño a costa de las cofradias, ha decidido situarse frontalmente contra la Carrera Oficial, uno de los pilares de la Semana Santa, apoyándose en el ruido generado por determinados perfiles en redes sociales, algunos de ellos habituales en su hostilidad hacia las cofradías. Voces entre las que se encuentra la de un habitual bufón que intenta esconder entre presuntos chistes su mala baba y que ha participado en actos sufragados con dinero público que sale del bolsillo de todos los cordobeses, incluidos cofrades, católicos y creyentes, sin que ello le impida despotricar contra las creencias de miles de ciudadanos. Un detalle que, lejos de incomodarle, parece resultarle indiferente, confirmando una forma de actuar que evidencia un preocupante desprecio por la pluralidad y por quienes sostienen esta tradición.

Las vallas: de necesarias a molestas según convenga

El argumento central de la crítica se dirige contra las vallas instaladas tras los palcos, obviando deliberadamente que fueron implantadas bajo el mandato socialista de Isabel Ambrosio. Es decir, lo que ayer era una medida sensata hoy se convierte, según convenga, en un problema.

La realidad es tozuda: esas vallas existen para evitar aglomeraciones peligrosas. Quien haya vivido la etapa en la que la Carrera Oficial discurría entre calle Nueva y Tendillas recuerda perfectamente el caos: acumulaciones masivas, tensiones constantes y enfrentamientos entre quienes ocupaban los palcos y quienes se situaban detrás. Trasladar esa situación al entorno de la Mezquita-Catedral no es una alternativa viable, sino una temeridad evidente. Negar esto no es debatir. Es hacer demagogia barata.

La mentira de que no se puede ver la Semana Santa

Otra de las falacias repetidas es que la Carrera Oficial impide a los ciudadanos disfrutar de las cofradías. Basta con un dato: las hermandades permanecen muchas horas en la calle y solo una mínima parte de su recorrido transcurre por ese tramo. Sostener lo contrario es directamente falsear la realidad.

Además, los palcos no son un privilegio arbitrario, sino un elemento clave para el sostenimiento económico de las hermandades. Gracias a ellos, muchas corporaciones desarrollan una labor social que, en términos de cercanía y eficacia, supera con creces la de quienes ahora pretenden dar lecciones desde la tribuna política. Una obra social que estos mismos que atacan nuestra Semana Santa jamás han hecho y jamás harán.

La incoherencia elevada a norma

Pero si hay algo que retrata esta situación es la imagen de Hurtado ocupando un lugar en el palco de autoridades de la plaza del Triunfo. Critica la Semana Santa, cuestiona su estructura, pero no renuncia a disfrutar de sus espacios más privilegiados sin importarle lo más mínimo que la mayor parte de los cordobeses no puedan hacer lo mismo. Una contradicción que no es menor: es la prueba de un discurso construido desde el cinismo más evidente.

Porque quien desprecia una tradición no debería utilizarla como escenario para su proyección pública. Y, sin embargo, ahí está, instalado en una posición de privilegio que contradice cada una de sus palabras.

Un historial de desprecio y provocación

Este episodio no es aislado. Forma parte de una cadena de actitudes que revelan un patrón: intentos de impedir que hermandades como La O utilicen espacios municipales, provocaciones, bocina incluida, durante el paso de cofradías en la Judería o protestas contra la existencia de Israel en traslados de imágenes. Siempre el mismo objetivo: incomodar, erosionar y desacreditar.

Se trata de una visión que no respeta a los cofrades, ni a los creyentes, ni a la Iglesia. Una visión que, cuando no puede imponer sus postulados, opta por deslegitimar lo que no comparte.

La tentación de imponer y controlar

Lo verdaderamente grave no es la crítica, sino la intención de decidir cómo deben vivir los demás su Semana Santa. Esa pulsión por intervenir, regular y transformar desde arriba una tradición que pertenece a la gente revela una concepción profundamente autoritaria de la vida pública.

Porque aquí no se está planteando una mejora organizativa. Se está cuestionando la esencia misma de una celebración que forma parte de la identidad colectiva de Córdoba. Y se hace por gente a las que le importa un mismísimo carajo la Semana Santa. Su único objetivo es el ataque por el ataque.

Una deriva inquietante

Cuando se desprecia una tradición, se utiliza dinero público sin coherencia y se pretende imponer un modelo cultural desde la política, el problema deja de ser puntual. Se convierte en una cuestión de fondo que afecta a la convivencia democrática. Lo que subyace en todo esto es una actitud que muchos identificarán sin dificultad: la de quien no entiende la libertad como convivencia, sino como imposición de su propio criterio. Y eso, en cualquier contexto, tiene consecuencias.

Defender la Semana Santa es defender la libertad

La Semana Santa de Córdoba no es perfecta, pero es libre, diversa y está profundamente arraigada, aunque les joda. Atacarla desde la demagogia no solo es injusto, sino también irresponsable. Porque cuando se señala, se caricaturiza y se intenta deslegitimar lo que miles de personas sienten como propio, no se está haciendo política: se está cuestionando una forma de vivir, de creer y de expresarse. Y eso, por mucho que algunos intenten disfrazarlo, no es progreso. Es intolerancia.