La coherencia en política comienza a ser como la honradez o el honor, una cualidad prácticamente en desuso que tiende vertiginosamente a la extinción. «Cambios de opinión» denomina -con bastante poca vergüenza- el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, a los continuos giros de guion experimentados por su gobierno, en función de frente a quien tenga que bajarse los pantalones. Como eso de los principios que dijo Groucho Marx, ¿recuerdan? Pues eso.
Esa misma incoherencia fluye en todo su esplendor por el proceloso océano de la realidad cofrade. Un océano cada vez más intempestivo en el que personajillos de muy diverso pelaje hacen gala de un afán desmedido por el poder, imponiendo su autocracia a golpe de decreto, navegando en un velero sometido a un constante cambio de rumbo repentino, en función de cómo sople, cada día, el viento que emana de su impredecible capricho. Todo vale por dominar al rebaño.
En ocasiones, estos dictadorzuelos de tres al cuarto se amparan en la autoridad que deriva de un cargo que no merecen o se esconden bajo el ala de otro más poderoso que ellos que les otorga su protección, y ejercen su despiadado dominio sobre quienes se dejan avasallar o no tienen más remedio, por cuestiones laborales, por conservar el fruto de años de sudor y lágrimas o por defender a terceros, que soportar su sadismo. Porque solo un sádico disfruta haciendo daño a sus semejantes por el mero placer de dañar o por demostrar quién manda.
Y si para hacer gala de ese dominio hay que humillar, se humilla. Y si hay que avasallar, se avasalla. Y si hay que tratar a los demás como a desechos de tienta, se hace y punto. Para que queda claro «que yo tengo el poder y puedo pisotear el cuello de quien ose ponerse delante». Aunque ello suponga defender una postura los lunes, miércoles y viernes, y exactamente la contraria los martes, jueves y sábados. Y los domingos a descansar, como Dios manda. Y a misa, como los buenos cristianos, comulgando, por supuesto.
Y si es preciso utilizar a las marionetas que se prostituyen por una exclusiva o una acreditación, se utilizan, que todo es lícito en la viña del señor con tal de perpetuar la supremacía medieval que solo los ilusos creían trasnochada, con tal de someter a la manada, de amedrentar al débil, escondiendo entre falacias que mañana mismo quedarán diluidas e inservibles, la única motivación que realmente ocupa un lugar de privilegio en sus infames pensamientos: el poder.
Les juro que hoy me había propuesto hablarles de otra cosa. ¿Qué se yo? De la cofradía de la foto que encabeza esta reflexión, al menos me voy a permitir eso como anticipo de lo que escribiré otro día. De las razones esgrimidas en el decreto del delegado diocesano de Hermandades para cargarse a la Junta de Gobierno de la Salud de Puerta Nueva, que apenas unas semanas después, con el daño ya ejecutado, han dejado de tener importancia. O de qué justificación puede haber para prohibir la celebración de unos cultos y permitir un concierto de marchas. Pero tendrá que ser otro día. Hoy no he podido resistirme a hablarles de dictadores, del poder y del estiércol. De la mugre que tantas veces convierte nuestras cofradías en auténticos basureros.





