Libertad, rebelión y anarquía son términos que rara vez se asocian al universo cofrade, o al menos a la imagen domesticada y convencional que durante décadas se ha querido proyectar de él. Sin embargo, basta con arañar la superficie de la historia para comprobar que esos conceptos han estado presentes —aunque a menudo silenciados— en quienes nos precedieron. De esa herencia incómoda nació este pequeño espacio de independencia que, hace ya muchos años, decidimos llamar Gente de Paz: un rincón donde la crítica no se disfraza y la palabra no se arrodilla.
Estas señas de identidad, lejos de ser neutras, han conformado una idiosincrasia reconocible que nos ha valido un doble saldo: un puñado de enemigos militantes y una pléyade diaria de lectores, además de un considerable ejército de amigos que valoran —como pocos— el riesgo, la verdad y el atrevimiento de llamar a las cosas por su nombre. Todo ello en un ámbito, el cofrade —y por extensión, todo lo que huele a incienso—, dominado por el miedo: miedo al qué dirán y, sobre todo, a las represalias de quienes ostentan el poder, de quienes se sienten legitimados para castigar a quien osa discutir su estatus casi omnipotente, sostenido por “cofraudes” de toda edad, pelaje y condición.
En este escenario hemos combatido contra gigantes reales, no contra molinos mutados en colosos imaginarios, como los que invoca ese inepto e ignorante que tenemos por presidente del gobierno. Gigantes con nombre, cargo y despacho, cuya torpeza intelectual no merece mayores comentarios. De ese combate hemos cosechado también una legión —en el sentido más bíblico y demoníaco del término— que detesta cuanto representamos: libertad, rebeldía, verdad y el valor de decirlas a la cara. Y, sin embargo, nos leen con devoción patológica, devoran cada línea que escribimos para denostarla después con mayor o menor fortuna, confirmando sin saberlo nuestra relevancia.
Afortunadamente, son muchos más los que coinciden con nosotros y reconocen que fuimos agentes activos del cambio en la ciudad de Córdoba. Un cambio que algunos pretenden borrar de la memoria colectiva mientras consumen información cofrade los 365 días del año, en una ciudad donde no hace tanto los periódicos apenas concedían migajas a lo que sucedía en las hermandades fuera del tiempo cuaresmal. Recuerdo al «poeta de tul y algas» -disculpen el irónico exceso- que aseguraba que las cofradías no interesaban a nadie en verano; hoy vive de ellas. Recuerdo también a hermanos mayores que hicieron campaña abierta contra nosotros: algunos persisten en el intento; otros se disolvieron para siempre en la irrelevancia y la indiferencia. Ninguno logró su objetivo. Antes bien, contribuyeron decisivamente a consolidarnos como referencia indiscutible de la información cofrade en Córdoba, proyectándonos más allá de nuestras fronteras — como diría el Bizcocho— «pa seguir dando por culo» más abajo del Guadalquivir.
Ahora, cuando asomamos a los primeros compases de una nueva Cuaresma, la que nos conducirá una vez más hasta esa mañana luminosa en la que Andalucía estrena sonrisa, conviene reafirmar el compromiso. Mientras el cuerpo aguante, seguiremos peleando. No nos rendiremos. Aunque el enemigo sea cada vez más poderoso y esté cada vez más cerca, nuestra voz seguirá siendo inasequible al desaliento. Defenderemos la libertad, la independencia, la honestidad y nuestro modo personal e intransferible de entender la vida y el universo cofrade desde la mirada crítica; desde el rechazo frontal a la manipulación y al ocultamiento.
Porque la Semana Santa y el mundo cofrade son lo que son porque pertenecen al pueblo, no a un reducido censo de meacolonias, presuntos elegidos por designio divino y fantoches trajeados, con dedo acusador perpetuo hacia quienes no consideran dignos de rozar su supuesta excelencia. Seguimos descontando pasos, siempre desde el lado correcto de la historia, con el único objetivo de que este pequeño rincón de libertad sea cada día menos pequeño y mucho más libre.





