El cirineo | Los jarrones chinos de las hermandades

Existen personajes que jamás abandonan del todo las organizaciones. Cambian los dirigentes, se renuevan los equipos, evolucionan las instituciones y transcurren las décadas, pero ellos permanecen allí, inmóviles, contemplando el paso del tiempo con la firme convicción de que la historia comenzó el día que ocuparon un determinado cargo y terminó cuando lo abandonaron. Las hermandades, naturalmente, no constituyen una excepción. También en ellas abundan esas particulares vacas sagradas, esos jarrones chinos cuya mera presencia parece exigir un delicado ejercicio de ingeniería institucional: nadie sabe exactamente dónde colocarlos para que luzcan como creen merecer, pero al mismo tiempo procurando que no interfieran demasiado en el normal funcionamiento de la corporación. La metáfora no deja de ser extraordinariamente gráfica. Porque un jarrón chino puede embellecer una estancia; el problema comienza cuando pretende decidir dónde deben colocarse el resto de los muebles.

Conviene, sin embargo, distinguir entre dos especies perfectamente diferenciadas. La primera está integrada por quienes comprendieron hace tiempo que la verdadera autoridad jamás necesita exhibirse. Son hombres y mujeres que aceptan con admirable naturalidad que su etapa de gobierno pertenece ya al pasado y que el mejor legado que pueden ofrecer consiste en compartir su experiencia únicamente cuando alguien tiene la inteligencia de solicitarla. No necesitan hacerse notar porque su trayectoria habla por ellos. Poseen una virtud extraordinariamente escasa en la fauna cofrade: la capacidad de distinguir entre influencia y protagonismo. Han comprendido que la grandeza consiste muchas veces en retirarse con elegancia, que la humildad engrandece mucho más que cualquier medalla y que la inteligencia también consiste en saber cuál es el lugar que corresponde ocupar en cada momento de la vida. Son, probablemente, los únicos jarrones chinos que realmente merecen conservarse en el mejor lugar de la casa.

En el extremo opuesto habita una especie mucho más ruidosa y considerablemente menos brillante. Son aquellos incapaces de aceptar que el calendario también transcurre para ellos. Individuos convencidos de haber recibido una suerte de unción perpetua que los convierte en custodios vitalicios del supuesto rumbo correcto de la hermandad. Viven instalados en la nostalgia de un pasado cuya magnificencia únicamente ellos recuerdan con semejante entusiasmo y contemplan cualquier decisión ajena como una agresión personal. Todo les parece peor. Todo estuvo mejor bajo su mandato. Todos los que llegaron después son, según su particular catecismo, pobres ignorantes incapaces de conducir la corporación por aquellos senderos de gloria que, naturalmente, solo ellos supieron recorrer. Resulta enternecedor comprobar la facilidad con la que algunos confunden la experiencia con la infalibilidad.

Su verdadera ocupación termina siendo la crítica permanente. No la crítica edificante, tan necesaria en cualquier institución sana, sino esa otra que convierte el desacuerdo en una forma de existencia. Pontifican con una seguridad admirable sobre cualquier asunto, dictan sentencias inapelables desde la cómoda tribuna de quien ya no soporta responsabilidad alguna y desarrollan una llamativa capacidad para detectar errores… siempre cometidos por los demás. Si nadie solicita su opinión, se sienten despreciados. Si alguien discrepa de ellos, concluyen inmediatamente que la hermandad atraviesa una gravísima crisis de criterio. Y cuando descubren que sus consejos dejan de tener el eco de otros tiempos, reaccionan exactamente igual que un niño malcriado al que han retirado un juguete: patalean, protestan y elevan el volumen de sus lamentos con la ingenua esperanza de que el ruido sustituya a la autoridad perdida.

Lo auténticamente paradójico es que ignoran una de las lecciones más elementales que enseña el ejercicio del gobierno. La autoridad nunca se conserva por decreto ni por antigüedad. Se mantiene exclusivamente mientras los demás consideran útil escucharla. Cuando esa capacidad de influencia desaparece, quizá la respuesta más inteligente no consista en multiplicar los discursos, sino en practicar el difícil arte del silencio. Porque existe una enorme diferencia entre seguir siendo respetado y empeñarse en ser obedecido. Quien descubre que su voz ya no encuentra el mismo eco debería preguntarse, antes que nada, si no habrá llegado el momento de abandonar el escenario con la misma dignidad con la que un día accedió a él. No existe derrota alguna en retirarse a tiempo; al contrario, pocas decisiones engrandecen tanto a una persona.

Quizá por eso las hermandades necesiten muchos más jarrones chinos de los primeros y bastantes menos de los segundos. Los primeros embellecen la institución porque representan la memoria, la prudencia y el consejo sereno. Los otros terminan convirtiéndose en un obstáculo permanente para quienes tienen la responsabilidad de gobernar el presente. A cierta edad institucional conviene comprender que el mejor lugar para algunos consiste precisamente en esa estantería donde descansan los jarrones chinos: perfectamente visibles, admirablemente conservados y profundamente respetados… pero sin estorbar el paso de quienes todavía tienen por delante la obligación de construir el futuro.